jueves, 12 de septiembre de 2013

Buscando el equilibrio

Me siento en la obligada necesidad de cambiar radicalmente de tercio. Entre Madrid 2020 y la diada 2013, han acabado con mi capacidad de aguante. Atender a los cientos de mensajes derivados de más de mil visitas a este blog en tres días me ha superado, aunque agradézcolo. Debería haberme planteado no intentar llegar a todo, pero todavía no he aprendido a no leer. De manera que me salgo por piernas de la camisa de once varas. Me tendrán que perdonar por hoy quienes, con tan indiscutibles argumentos o sin ellos, han participado activamente de mis letras en este sitio y demás rincones de la red. Dicho lo cual, queda dicho todo.

Tanto en lo antedicho como en el resto de los órdenes del día a día es complicado encontrar el equilibrio. Al hilo del Mañocao de ayer al mediodía, un lector me alababa el gusto de consumir productos de fabricación nacional y local. Siempre hay quien sabe deleitarse en los detalles. En la última pincelada de un cuadro, en los cordones desatados, en lo que una bebe mientras escribe un artículo y menciona de forma puramente anecdótica (aunque intencionada). Una taza de Mañocao se convierte en símbolo de lo nuestro, de lo que debemos apoyar enérgicamente, de lo que debemos consumir ahora más que nunca. ¿Pero ha de ser en exclusiva? La necesidad de adquirir productos de fabricación española dentro del país ya se ha convertido para muchos en una declaración de intenciones tan radical como cualquier otra. ¿Hasta dónde este proteccionismo llevado al límite sería realmente positivo?

Es prácticamente imposible conocer el origen de cada uno de los componentes de lo que consumimos diariamente. Muchos de los productos fabricados, a priori, en multinacionales extranjeras contienen elementos de proveedores españoles o, incluso, se han producido directamente dentro de la península. Cuando alguien se niega a comprar un Citroën, un Opel o un Volkswagen por considerarlos vehículos internacionales, se está dejando por el camino el trabajo de los operarios que estas empresas tienen contratados en Vigo o en Zaragoza o en Pamplona. Y lo mismo sucede con artículos de otras marcas cuyo nombre no suena muy castizo, pero que operan dentro de nuestras ciudades. Es el caso de Samsung, Sony, Sharp... En el fondo, el origen de esta crisis es el resultado de haber vivido a ladrillazos durante treinta años, por tanto, flaco favor nos haríamos a nosotros mismos si aplicáramos como solución medidas igual de disparatadas.

Por otro lado, si todos los países tomaran la determinación de consumir únicamente lo que produjeran, provocarían dentro de nuestras fronteras una nueva millonada de parados conformada por quienes trabajan en empresas españolas cuyos ingresos proceden en gran medida de la exportación. Y no podríamos criticar que nuestros vecinos hicieran como nosotros y dejaran de demandar nuestras frutas, nuestro calzado o nuestros servicios. A este respecto, ya contamos con un antecedente histórico en nuestro país. Esta decisión algo extremista que empieza a cambiar el hábito de consumo de muchos ciudadanos ya se aplicó de igual manera hace setenta años, y nos mantuvo durante veinte, completamente aislados, en un paupérrimo estado de posguerra que no nos permitía abandonar la lista de países subdesarrollados dentro del mundo.

Luego, debemos considerar que cualquier idea llevada al extremo, proceda de donde lo haga, es un atraso y, a la larga, no trae efectos beneficiosos para nadie. Sí es cierto que podríamos hacer el ejercicio de analizar y conocer aquellos bienes y servicios en cuya producción España es más eficiente que otros países y en los que, por tanto, merece la pena que el país intensifique la producción. Ese tipo de artículos son los que, como españoles, deberíamos empezar a consumir en exclusiva, y permitir que se sigan importando aquellos otros en los que otros países son más punteros que nosotros y, así, con mejores rentas, podríamos disfrutar de unos y otros.

Tengo que reconocer, para rematar con honestidad este desarrollo nacido de una taza de chocolate en polvo, que esto lo escribe alguien que conduce un Seat, que bebe Mañocao y que, en estos días, se alimenta casi exclusivamente de verduras y hortalizas del huerto de su propio padre. Pero, si tuviera la receta para salir de esta crisis, no estaría aquí sentada escribiendo este post.

 

1 comentario:

  1. Tenemos un grave problema, y es que hemos llegado a un punto en el que estamos absolutamente incapacitados para saber la verdad sobre cualquier asunto. La globalización es a la humanidad como un master a un recién nacido, desgraciadamente.

    Y la receta para salir de esta crisis es inexistente, y lo seguirá siendo mientras pretendamos buscarla dentro de un sistema inviable. Cuando la humanidad se decida -a la fuerza- a desarrollar otro sistema, o tiene claro desde el principio que ha de ser justo lo contrario en todo a éste, o volverá a fracasar. Y para que sea justo lo contrario, basta con tener en cuenta dos condiciones iniciales: erradicar la especulación en todas y cada una de las actuaciones, y llegar al sencillo convencimiento de que uno está bien si los demás están bien. Ya sé que eso lo dijo Perogrullo, pero no por eso es menos cierto.

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