lunes, 30 de septiembre de 2013

Nouvelle política

Este sábado, una cena y un debate político consiguieron encenderme los humores internos cual patada marcial en los riñones. Déjenme decirles que no hay mayor sentimiento de estafa, con permiso del que procura este Gobierno, que el de toparse con una efeméride y salir a cenar para celebrarlo a un restaurante de postín. Un restaurante de postín es un sitio que ha dado en llamar cocina creativa al pagar por no cenar. Un comedor encarecido de ornamento del que se sale con más hambre de la que se trajo. Una suerte de obra de arte en la que la creatividad se encuentra en todo salvo en lo que sería de esperar. Un exceso en la forma a cuenta del fondo. Un delicioso espacio del que, digan lo que digan, todos se van pensando que no resulta justo llamar cena a un bocado perdido en la desproporción de un plato que podría dar cabida a una pata de ibérico en lonchas. En definitiva, un timo elevado a la condición de oficio. El cierre de carta de estos lugares, para curarse en salud y posibles reclamaciones, habría de rezar: "como en casa, en ningún sitio".

Conscientes y avisados de semejante despropósito, seguimos acudiendo a cenar por lo mismo que seguimos acudiendo a votar, porque algo hay que hacer para celebrar los aniversarios o la democracia y, en ocasiones tan especiales, no se repara en nada. Un local selecto; una sede de renombre. Camareros de etiqueta; ministros de etiqueta. Mesas de diseño; urnas de cristal. El mejor literato para llenar una carta de las más lindas florituras poéticas imposibles de encontrar en el plato; los mejores guionistas para llenar de promesas un programa electoral imposibles de recordar más allá del día siguiente. Un chef dispuesto a salvar a sus comensales de la obesidad; un presidente decidido a salvar al pueblo de sí mismo. En definitiva, un engaño impertinente en ambos casos. Pero a ver quién es el valiente que se atreve a decir que el rey va desnudo.

La necedad del bien quedar nos obliga a comer mentiras en todos los ámbitos. Del mismo modo que no hay quien crea que es posible meter en una cuchara de porcelana un ramiqui de rissoto de hongos y queso idiazábal sobre lecho de patatas panaderas, y mucho menos considerarlo un obsequio de la casa para abrir boca, era imposible tragarse que alguien como Rajoy fuera a sacar a un país entero del estado en el que estaba a la primera propuesta de ley. De entrada, porque tanta eficiencia no cabía en la Moncloa. Luego, no tiene sentido ahora sobrecogerse por tener que pagar para mingitar en una estación de tren como si ése fuera el mayor de nuestros males. O tener que apoquinar los tratamientos médicos en los hospitales cuando el copago nació para evitar los abusos en las farmacias. O no cobrar una pensión que nos habían prometido no tocar. O no tener el mismo derecho a la vida por estar vivos ya que el que defienden para los nonatos por no haber nacido aún... Y es que no aceptar que tenemos lo que nos merecemos por haberlo elegido sería como no pagar la factura del restaurante por no haber cenado. Impensable.

Al final de una velada en la que, a mi modo de ver, sobró todo salvo comida, los comensales parecían más sorprendidos por las medidas de este Gobierno que por la factura del restaurante. El PP de toda la vida ha resultado ser como uno de esos platos de diseño que son todo nombre. Un único bocado sobre un plato demasiado grande con una denominación imposible de entender a la primera. En lo que al arte culinario se refiere, los expertos en gastronomía excusan tamaña idiotez con la necesidad del cliente de saber de entrada cuáles son los ingredientes que componen el menú. Los expertos en gula consideramos que son ganas de llenar el plato sólo de palabrería. En lo que toca al arte de la política, los entendidos en diplomacia justifican el exceso de verborrea vacua por la exigencia de respuestas al hilo de tanta miseria. Quienes la sufren sienten que es una forma de hablar sin responder. En estos tiempos, quién nos lo iba a decir, la palabra empieza a valer más que la obra. Tanto es así que, en cuestiones alimenticias, resulta tan difícil esconder el hambre bajo un plato de "tomate cremoso con núcleo de frambuesa sobre tierra de brownie de queso de cabra bordeado de hojas de cacao, micro margaritas y pétalos de clavellina" como bajo el ala de este Gobierno. Y, sin embargo, aún hay quien parece fascinado. El ser humano es maravilloso.

1 comentario:

  1. No es necesario ser valiente para decir que el rey va desnudo. Sólo es necesario tener ganas de ver las cosas al derecho, y no como quiere el sistema que las veas. Hace mucho que dije que el rey iba desnudo, y no me ha pasado nada. Bueno, sí me han pasado cosas, que aparentemente son malas, pero que en realidad son muy buenas. Porque de esas cosas he aprendido a no tener ni la más mínima necesidad de ponerme delante de los platos que describes ni delante de las urnas. Razonadamente, eso sí. No obligan ni a una cosa ni a la otra. Y sería bueno que nadie creyera los mantras que los interesados repiten para que vayamos como borregos convencidos de que estamos sosteniendo los puestos de trabajo de la maravillosa creatividad e innovación culinaria y la maravillosa democracia que nos hace partícipes en la vida política. ¡Qué inocentes e ignorantes podemos llegar a ser! Con todos los títulos universitarios y masters que queramos.

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