lunes, 9 de septiembre de 2013

Vergüenza torera

Yo creo que el mayor problema de todos los que llegan arriba es la posición, lo cual tiene mal arreglo. Podría dejarlo aquí y echarme a dormir, pero resulta que me pica y me lo voy a rascar. La gente en general y los mandatarios en particular tienden a ver lo que les queda a la altura de los ojos. Esta es la razón por la que los supermercados ponen la oferta a metro y medio del suelo, para que las amas y los amos de casa la vean sin querer y la compren sin querer. Desde el mismo punto de vista, cualquier español medio conoce la problemática que afecta a sus iguales porque los mira a los ojos, que le quedan a la altura de los propios, poco más o menos; aunque pocos podrían dar fe de las graves preocupaciones que aquejan a la familia de los formícidos. Estos caprichos de la física y de los desplazamientos en línea recta de la visión son los que impiden a nuestros mandatarios entender y actuar según el estado de las cosas.

Los que viven en el piso de arriba no se relacionan con los de la calle. Tienen más bien el vicio de rodearse de una camarilla de pelotas ineptos que no les transmiten una visión real de lo que queda más abajo. Gente adiestrada para aplaudir y corear errores y desaciertos. Arribistas que son conscientes de que, para permanecer, tienen que animar al que se equivoca a que continúe por el camino de la fatalidad con ideas del tipo: "Que sí, Mariano, que hay brotes verdes, dilo ya", y Mariano se pone una corbata cualquiera, porque con su imagen grisácea pega todo, sale y lo dice. Son los mismos que le aconsejan que lea el discurso de presentación de la candidatura olímpica, aunque nadie lo haga, para que, ya que no sabe inglés, por lo menos vean que sabe leer. Y los mismos que animan a Ana Botella a que haga lo que hizo, o a Su Majestad para que se parta en dos cazando elefantes en Botswana, o a Ana Pastor para que se sienta en posición de afirmar que la política es el arte de no decir tonterías. Ni ven lo que España necesita en realidad cuando esperan que sea una celebración olímpica la que nos saque de la crisis, ni ven el lugar en el que nos dejan cuando se llevan esta imagen a hacer las Américas.

Ocupar un puesto por encima de su propia cabeza ha hecho que los gobernantes pierdan la perspectiva. Al héroe que iba a sacarnos de la crisis a los cinco minutos de tomar el cargo, se le fueron un poquito los tiempos y, para cuando empezaron a llegarle los ecos del clamor de la calle, no había forma humana de barrer las huellas del botellón. Había cerrado su primer año de legislatura con un par de millones de parados añadidos, una reforma educativa que más que renovar envejecía, miles de familias arrojadas de sus viviendas por las ventanas, un cúmulo de hospitales desarmados... Y, aunque continuaba pregonando que hacía lo que debía, empezaba a sonar poco convencido. Para ser todo producto de una herencia, las cuentas ya no cuadraban y España seguía oliendo a muerto, a desempleo y a miseria intelectual. Los asesores de la presidencia, con su habitual profesionalidad, han tenido que reinventarse hasta el ridículo. Hemos pasado por atender al discurso posterior de cada uno de los escándalos que nos han regalado previo pago, noticias de medio pelo y otras maniobras de distracción que no serán efectivas mucho más allá. Hemos hecho gala de más paciencia de la que cabe en el cuerpo de un mártir. Nos hemos tragado el bochorno de que nos hayan paseado por todo el mundo tras la imagen de una marca España que ya no representan nuestros deportistas ni cuando la cosa va de deporte, sino nuestros políticos. Y, con la decepción número 2020 en nuestro haber, ni éstos ni sus cobistas pueden explicar qué es lo que ha pasado.

En tiempos de Estrabón se decía que una ardilla podía atravesar España de norte a sur saltando de árbol en árbol. No lo sé, yo no estaba, pero en estos tiempos no me cabe duda de que podría hacerlo saltando de alcornoque en alcornoque e incluso salvando algunos. A mí esta forma de gobernar, de representar, de ir por el mundo, sinceramente, más que decepción lo que me causa es vergüenza.

2 comentarios:

  1. Me encanta leerte cuando te cabreas. Tu prosa poética destila una bilis dulce.

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  2. Creo que a un político no se le puede exigir nada. De donde no hay no se puede sacar, por mucho que nos esforcemos. Ya están escogidos los candidatos entre los que no tienen dos dedos de frente, no sea que se les vaya a ocurrir pensar. Porque cualquier persona que piense un mínimo en la dirección correcta, que es la que la observación enseña si uno abre los ojos, lo primero que haría sería rebelarse contra los que le han elegido, una vez sabido el criterio de selección.

    En cuanto a la decepción de Madrid 2020, no lo es para todos. A algunos nos ha supuesto la enésima alegría, y cada una de ellas nos alberga más esperanzas de que nunca mais. No comprendo cómo es posible que semejantes alardes del mamoneo mafioso universal tengan un supuesto apoyo de más del noventa por ciento de ciudadanos de un país. Bueno, la verdad es que sí lo entiendo, y eso es lo malo. Viene a ser más o menos el porcentaje de la audiencia diaria de televisión.

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