lunes, 28 de octubre de 2013

Hemos perdido la voz

Desde que en este país y en el mundo entero se dio carta blanca a la libertad de expresión, no han hecho sino nacer ingenios de modernidad que, poco a poco, le han ido cortando las alas a nuestro modo de manifestarnos. Desfasada, por motivos obvios, la eficiencia de la tradicional paloma mensajera y la del suficientemente probado y legendario oficio de correos, los dos a una necesitaron verse sustituidos por un nuevo servicio fundamentado en la redacción de mensajes cortos. Así, los pareceres de un librepensador en zapatillas de estar por casa se redujeron, de golpe y porrazo, a lo que cabe en ciento sesenta caracteres. Surgió de este atropello a nuestras apreciaciones y por estricta necesidad hispanopensante, esa variante del español capaz de apocopar hoy en día incluso los monosílabos, favoreciendo, por otra parte, la llegada de una nueva aplicación en forma de twits que nuevamente amputaba nuestra opinión hasta los ciento cuarenta caracteres, absolutamente insuficientes en cualquier caso. Y, por si no fuera bastante, cuando ninguno creíamos posible que hubiera forma humana  de recortar más todavía, emergió Mariano de quién sabe qué mente preclara, para continuar por la senda del golpe, del porrazo y del apócope de lo irreductible, y a quien, en honor a la verdad, le venían a importar un pimiento de Padrón nuestro criterio o nuestros caracteres.

No discuto que estos artificios de expresión medida fueran, de entrada, válidos para un angloparlante, que se despacha pronto, pero nunca para un español que, como todo español sabe, se caga en los lunes y le sobra mierda para los martes. Un español, para lo único que no está programado es para tragarse sus propias palabras. Y, por eso, creo que no ha nacido ser humano o divino capaz de explicarse cómo los españoles nos hemos dejado ganar la batalla de la opinión siendo como somos el segundo país más ruidoso del mundo a pesar de ocupar el quincuagésimo segundo puesto en superficie territorial con la marea baja. Un país en el que quien más tiene que callar ha de opinar sobre todo. Un país en el que nadie sabe lo que sucederá mañana porque andamos siempre demasiado ocupados criticando lo de ayer. Un país que, observado desde el espacio lunar, tiene que parecer una jaula de grillos pinchada en una pelota. ¿Cómo un país así ha podido olvidar su esencia en favor de las más sofisticadas herramientas de comunicación o de Mariano? Díganmelo porque yo esta tarde ya vivo sin vivir en mí.

España ha perdido la voz. España tiene que salir de España para saber cómo ha de legislarse dentro de España. España viaja a Estrasburgo a lomos de Luis López Guerra para dictaminar algo que sólo le atañe a España y resulta ser apenas una más entre diecisiete. España vuelve de Estrasburgo a pie y tiene que envainarse que España ha suscrito el Convenio Europeo de Derechos Humanos (de los de algunos) y que, por tanto, forma parte de su ordenamiento jurídico. España se queda patidifusa delante del espejo porque no se reconoce y España, patidifusa y todo, sale a la calle porque no puede evitar preguntarse sobre sí misma. (Existencialismo lo llaman. "Mecagüen" todo lo que se menea, lo llamamos.) España salió ayer a la calle a exigir la justicia que merecemos, la misma que se aplica cuando sentencia Estrasburgo. Mientras la ciudad de la puntualidad británica lleva siete años sin aplicar un fallo del mismo tribunal, en España no hemos tardado ni veinticuatro horas en bajarnos los pantalones hasta los tobillos y acatar como no acatamos ni el cuarto de hora del bocadillo. España percibe la injusticia de una sentencia que viene de un Tribunal de Derechos Humanos y que atenta contra los derechos fundamentales de las víctimas de un asesino y es que éste rinda cuentas por lo que hizo sin rebajas de temporada. España está tan harta que se sale por los lados. España necesita salir a la calle a expresar su opinión y a que le dé el aire. España no cabe en sí como no cabe ni cabrá en ciento cuarenta caracteres. Y, a mí, como española, exigir una justicia con mayúsculas y sin medidas ante los mayores asesinos de este país y ante una clase política que no nos está dando nuestro sitio en nada de lo que aborda me parece un excelente ejercicio de democracia contra la humillación y las limitaciones que se nos imponen sin argumentos.

domingo, 27 de octubre de 2013

Un día como hoy

Hay días como hoy en que, mientras no pasa nada, pasan cosas. En un día como éste, con una hora más, o menos, en función de cuánto se haya dormido o bebido, con toda la jornada por delante, con toda la semana por delante y como si no se tuviera nada que hacer hasta el siguiente despertador, nació Perry Edwuard Smith, a sangre fría. También un 27 de octubre del más puro aburrimiento, a las afueras de Ginebra, un grupo de protestantes se entretuvo en quemar vivo a Miguel Servet, conduciendo al mundo a debatir acerca del reconocimiento de la libertad de pensamiento y de la expresión de ideas. Nunca se lo agradeceremos lo bastante.
 
Le recuerdo al lector que hoy es San Gustavo, mártir. Que tal día como hoy, en 1891, un terremoto arrasó la ciudad de Mino Owari, en Japón, saldándose con más de siete mil víctimas, y que, un siglo más tarde, a Honduras le sorprendería la visita del huracán Mitch con la ropa sin tender. También en un día como éste, de inusitadas temperaturas para lo tarde que se nos está haciendo, el radiotelegrafista Allen Schindler fue asesinado por ser gay y, unos años después, un comando armado asesinó a quince personas en un autolavado de México porque sí.
 
Mientras el español medio y dominguero se ajusta el traje de los domingos, esto es, el chándal, para acomodarse a mejor ver las horas pasar, el mundo gira con toda la fuerza que la rotación le imprime de camino a lo que esperamos sea un lunes, pero nunca se sabe del todo. Y, más allá del chándal y del vermut de las doce, la vida es lo que pasa erosionando el tiempo muerto de un domingo menos otoñal de lo que debiera marcándolo en el calendario como un día para olvidar por algún motivo que, desde el sofá, nos cuesta imaginar.
 
Es posible que hoy también sea día de celebraciones por ser, que lo es, el Día Mundial del Patrimonio Audiovisual. Vivir para ver. Porque este blog cumple su primer año y, seguramente por eso o por caer en domingo, este año es fiesta nacional. Porque, aunque las vacaciones de una tocan a su fin, las maletas llegaron intactas e intactas continúan por mucho que me bostece la lavadora. Porque el Zaragoza ayer consiguió empatar y un empate, para el Zaragoza, es, hace tiempo, motivo de celebración. Porque habrá quien se atreva a cumplir años en un día como hoy y habrá también quien cumpla con otras cosas el mismo día. O, simplemente, sea día de festejo porque hoy amanecía a menos cuarto.
 
A veces, una cree despertar un 27 de octubre y, sólo porque luce el sol, piensa que puede ser un buen día. O porque hoy, 27 de octubre, por fin, consigue escapar de su encierro en un aeropuerto. Y, sin embargo, aunque desgracias más grandes se han visto, a una, nada más llegar, no le parece plato de gusto desayunarse con las que quisieran ser reconfortantes palabras de Mariano Rajoy a propósito de la sentencia de Estrasburgo que consigue tumbar, con una inmediatez desconocida en este país, la doctrina Parot. "En la vida, hay cosas que no nos gustan", Mariano dixit, como si tampoco tuviera mucho sentido trabajar para intentar cambiarlas o como si los españoles tuviéramos seis años y  acabáramos de descubrir que los reyes son los padres.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Señor Montoro, la gente sí quiere ir al cine

Hoy es el tercer día de la Fiesta del cine en tres mil pantallas de toda España. Las filas a la entrada de las salas no tienen fin. La afluencia masiva para ver una película a dos euros con noventa céntimos ha excedido cualquier expectativa y ha traído de vuelta las palabras del ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, de hace unos días cuando afirmaba que la gente ya no va al cine por la baja calidad de las películas y no por la subida de precios, en buena parte, obligada por la de impuestos.
 
Efectivamente, señor Montoro, ahí lo tiene; la gente no va al cine por lo mismo que hay días en que la gente no come, porque tanto el cine como la cocina han dejado de ser lo que eran. La gente tampoco trabaja porque el trabajo es una mierda y porque, entre usted y yo, señor Montoro, levantarse a las seis de la mañana a la gente no le va bien; le va mucho mejor que la echen de casa por no pagar la hipoteca y fregoteo que se evita. Por eso, también hay gente que cierra sus empresas porque hay otra gente, en bandadas de seis millones actualmente, que no quiere trabajar. La gente a lo que aspira en la vida es a defraudar al INAEM y a la Seguridad Social, a poder ser, y cobrar subsidios que no le corresponden para malgastárselos por ahí y vivir a cuenta de lo público, como ustedes. La gente ha dejado de ahorrar, pero no porque sus sueldos hayan disminuido, como usted bien sabe, sino porque la gente ha decidido que los banqueros son todos una panda de chorizos a los que no se puede confiar un euro. La gente, por no querer, no quiere ni saber lo que quiere. Hay gente incluso que emigra por el puro gusto de cruzar un océano y perder de vista este país que ustedes, tan diligentemente, han hundido en la miseria. La gente, en general, se ha vuelto tan exigente que ni siquiera la labor de este Gobierno le parece del todo bien después de haberlo elegido. A la gente, se le saca de la crisis sin que se entere y se vuelve de lo más inconformista.
 
Pero es que, señor Montoro, hay gente para todo. Ustedes, sin ir más lejos, a la gente le parecen una calamidad de Gobierno, un conjunto de ministros nefasto, una banda de gobernantes mediocres. La gente considera, fíjese, que la mayor desgracia de España ha sido que hayan coincidido en el tiempo la situación de crisis actual con un Gobierno tan deplorable. Hay gente, señor Montoro, mucha gente que está lamentando cada día de estos cuatro años haberles prestado su voto, haber depositado su confianza en ustedes, haberles proporcionado la silla y el sueldo que les procura esa vida tan regalada, tanto, que ahora nada podemos hacer por arrebatársela. La gente no entiende que, recuperándose la economía al ritmo que ustedes anuncian, sigan aplicándose recortes a su ya suficientemente recortada economía. La gente no entiende que no se le invite a la fiesta del fin de la crisis que sólo ustedes celebran. La gente, señor Montoro, sigue teniendo necesidades que ni usted, ni incluso yo, podemos imaginar.
 
Y, por eso, la gente no va al cine, señor Montoro, porque usted es un inepto y el resto de los políticos que con usted ocupan la primera fila no le aventajan en mucho. Pero es mucho más noble (de más alta cuna, quiero decir) afirmar que es la industria del cine la que no sabe hacer cine que reconocer que es el Gobierno el que se ha equivocado de principio a fin en el arte de empobrecer al vulgo.

lunes, 21 de octubre de 2013

La vida puede ser maravillosa

Esta semana pasada, alguien puso delante de mí una foto de Andrés Montes. Vestía americana marrón de cuadros blancos, pajarita violeta a topos también blancos y esos peculiares monóculos con patillas que le ayudaban a ver la vida de otro color. Había olvidado por completo esta imagen. Y, lo que es más imperdonable, habíamos olvidado su forma de hacer.
 
Andrés Montes fue aquel comentarista deportivo que seguro que recuerdan ocupando la pantalla de la Sexta, "tiki-taka" con Salinas, durante el Mundial de Alemania 2006, comiéndose el "fútbol con fatatas" porque el fútbol aquel año, con Andrés Montes al micro, fue lo de menos. El espectáculo lo formaban estos dos cronistas de la vida con la excusa de un partido. Yo no soy muy fan de los deportes, ni de verlos ni de practicarlos, pero aquel año sucumbí a la retransmisión del Mundial sólo por la forma de contar, por aquella manera montesiana de vivirlo. Hay quien tiene el poder de contagiar su entusiasmo y hay quien, en un desafortunado intento de utilizar las mismas armas, tiene el de conseguir que se aborrezca lo más apasionante.

Estos días, al Gobierno, parece haberle poseído el espíritu de algún comentarista enardecido. España va a cero en todo lo que se juega y nuestros ministros parecen estar viendo otro partido. Así, Montoro asegura, con la firmeza que procura no saber de lo que se está hablando, que al año que viene se acabó la crisis en España. Con doce millones de españoles por debajo del umbral de la pobreza, uno de cada cuatro trabajadores en el paro, una previsión de cierre de otro 25% de las empresas todavía en ejercicio y una proyección de crecimiento por debajo del 1%, afirmar que cerramos la crisis como quien cierra la retransmisión de una jugada no es una declaración ministerial, es una declaración de amor o de turbias intenciones.

Como en la perspectiva duerme la objetividad, Mariano ha tenido que viajar hasta Panamá para decir que España está saliendo de la crisis con una economía reforzada. Por eso o porque le ha sido necesario alejarse de su despropósito a la hora de gobernar para poder decirlo así. Y, un poco más arriba en el mapa y en la pirámide de camino a la cumbre del ridículo, Botín, que no es ministro ni presidente del Gobierno pero es banquero que, para lo contante y sonante, viene a ser lo mismo, asegura que "España está en un momento magnífico". Desde luego; la cagada es monumental. En la dimensión, no se equivoca.  
 
Se cumplen cuatro años del fallecimiento de aquel comentarista deportivo que consiguió que los menos aficionados se aficionasen y, en España, hay que ser político para seguir viendo la vida con su entusiasmo. E, incluso siéndolo, se necesita viajar a Panamá o a Harvard para que sea la distancia la que permita decir tamañas sandeces. Si no fuera porque, a los demás, nos va la vida en ello, tal vez también seríamos capaces de imprimir nuestro discurso con aquellas muletillas de Andrés Montes que hicieron historia. Porque la vida se puede contar de muchas maneras o porque la vida se puede vivir de dos maneras. Pero, ahora, es difícil.

jueves, 17 de octubre de 2013

Las primeras hojas del otoño

Empezaba a ser viernes por la noche cuando le ponía el punto final a mi artículo Matar o morir en este mismo rincón. A los quince minutos de pulsar el botón de publicar, recibía un mensaje, en la página de Facebook que lleva el nombre de este blog (https://www.facebook.com/UnRinconParaHoy), del presidente de la Asociación Cultural El-HORR de Granada solicitando permiso de la "autora" para publicar mi artículo en su revista. Releí el artículo una vez más y no me pareció lo mejor que había escrito. En realidad, me pareció bastante flojo, pero una no es nunca el mejor crítico de una misma. Si JM Salas consideraba que merecía ocupar un lugar en su revista, ¿quién era yo para cuestionarlo? En el fondo, la inyección de adrenalina que suponía un mensaje así para alguien como yo no me permitía pensar con claridad. Pocas cosas me lo permiten ya. Bien sabéis que este blog está hecho de tripas y corazón, básicamente, aunque, a veces, me permita aderezarlo con una pizca de sentido del humor.

Un mensaje como éste era un auténtico regalo. Todos los que alguna vez comenzasteis a escribir sabéis lo que significa recibir algo así para alguien que no es nadie y que un día decidió sentarse ante una pantalla en blanco porque sí. La alegría que atraviesa el corazón de una escritora aficionada y anónima al ser consciente de que el presidente de una asociación lee uno de sus artículos y considera que está bien, lo suficientemente bien como para hacerle sitio en una revista que transpira cultura y arte y alma y opinión, y en la que la propia asociación ha puesto todo su empeño, no se puede transcribir.

Hoy, por fin, puedo disfrutar de la novena edición de esta estupenda revista con mi nombre en su interior y me siento un poco intrusa. Porque intuyo vagamente el trabajo y el esfuerzo que hay detrás de este proyecto y sé que mi artículo llega "a mesa puesta". Por eso, sé que el agradecimiento ha de ser sólo mío.

Cuando este blog lleva camino de cumplir su primer año de andadura con más de 15.000 visitas en la red, cae, como la primera hoja del otoño, de la pantalla al papel. Y tengo que volver a expresar mi gratitud por la participación de todos los que os asomáis a estas letras cada día manteniéndolas con vida y, principalmente, enviar, con vuestro permiso, un saludo especial a JM Salas, que se dejó caer por aquí aquella noche de viernes y quiso invitarme a formar parte de un proyecto que admiro y en el que me siento orgullosa de poder participar. La gente del sur es maravillosa.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Somos tontos

Los españoles no entendemos nada. No lo digo yo, lo dice la OCDE, que para eso está, para comunicarnos que somos tontos de capirote antes de que sea demasiado tarde. Seguramente por eso, porque somos tontos de baba, nos merecemos todo lo que nos pasa. Es la única intención que le veo a un estudio como éste en tiempos como éstos, la de explicar el nivel de desgracia en función de la capacidad intelectual de la población. Los españoles, según el informe PIACC, sólo somos más listos que los italianos para comprender lo escrito y más tontos que nadie para descifrar las matemáticas. Un español medio (medio tonto, se entiende) en edad laboral se pierde en un texto de profundidad y riqueza como puede ser el Quijote. A priori, se revela absurdo y misterioso que un español no sea capaz de interpretar el Quijote y que fuera justamente un español quien lo escribiera, pero, oh, mis atontados lectores, por eso precisamente hemos salido tontos del laboratorio, porque no lo podemos entender.

Ni qué decir tiene que, si el español medio se desorienta en los insondables abismos de la palabra escrita en su lengua madre, sería de tontos pedirle que se sumerja en las profundidades ideológicas del dos más dos. Las matemáticas son al español medio lo que las peras al olmo, grandes desconocidas. Bajo este prisma y si no fuéramos tontos perdidos, se entiende que la cuenta de déficit del año pasado le diera al Gobierno un 7,1% y que, cuando Europa le advirtió de que no había contado las ayudas a la banca, Mariano contestara que, en ese caso, la cifra ascendía a un 7,1%. Ni supimos hacer la cuenta ni entendimos la correción. Es lo que tiene ser tontos del culo.

Por si no fuera bastante el complejo de Pocoyó que acarreamos los españoles medios, llega la OCDE a corroborar que, efectivamente, no valemos para hacer puñetas. Nos clavan el cartel de tontos en toda la frente y nos dejan cara de lo mismo. Una ya no puede sentirse más española que tonta o viceversa porque éstos han dado en ser conceptos sinónimos gracias a la inestimable labor de la citada Organización para el Desarrollo, que, al tiempo que nos llama tontos, nos despoja de la capacidad de elegir.  Si acaso, puesta a ser española y tonta, podría escoger entre ser tonta del culo o tonta del bote, como la infanta, que tonta, tonta; mierda, mierda. En resolver bien esta elección es en donde radica el éxito del mayor idiota. Mientras nuestras cárceles están llenas de deficientes mentales incapaces de distinguir el buen del malvivir, por la calle corren tesoreros, infantas, banqueros, políticos y otros corruptos perdonados porque no saben lo que hacen. Los primeros, pillados por tontos. Los segundos, absueltos por tontos.

Puede que no seamos muy listos, pero, al final, hasta el más tonto se ha dado cuenta de que, entre los españoles, siempre ha habido clases de tontos. Estamos los tontos que pagamos el pato sin enterarnos y los que lo cobran pero, como no se enteraron, se van sin pagar. Es decir, que España es un país que se divide entre tontos pobres y pobres tontos. Pues, dirá la OCDE lo que le salga del informe, pero, a mí, me parece que lo importante lo entendemos bastante a nuestro pesar.

lunes, 7 de octubre de 2013

Felices fiestas del Pilar

Un año más, con las primeras lluvias, con las primeras hojas del otoño, con los primeros pañuelos al cuello, con la primera bajada de las temperaturas, Zaragoza sale a la calle a escuchar el pregón que anuncia el comienzo de las fiestas. La plaza se llena de ese orgullo que los aragoneses sienten por su tierra con la nobleza que permite amar lo propio sin menospreciar lo ajeno. El corazón de todos los zaragozanos, a la orilla del Pilar, eleva la vista hacia el balcón del ayuntamiento esperando una palabra. Y, mientras la impaciencia palpita en cada mirada, el Ebro guarda silencio por los que estamos y por los que siempre recordaremos.

Zaragoza es, una vez más, un puñado abierto de gente escrita con versos de Labordeta. La emoción no cabe en un solo espacio, se desborda y sube por la calle Alfonso entrando en cada portal, en cada casa, pintando cada baldosa con los colores del cachirulo. Si, ayer, Zaragoza era una ciudad que vivía en vertical, estos días alfombra el suelo convirtiendo la vía en un río de doble dirección. Nadie tiene un hogar propio. Las casas y las calles son de todos. Hay momentos en que una se siente tan de aquí que no le cabe el sentimiento en el sitio que ocupa y, tal vez, querría haber podido ser un día turista en Zaragoza para admirar la Basílica, las calles, la honestidad de esta gente sin que se le arrasaran los ojos de afecto, sino de otra cosa.

Pero, al mismo tiempo, sabe que no hubiera podido sentirse de otro pueblo de la misma forma. Estos días de octubre son todo lo que se puede aspirar a ser. Una fiesta de bienvenida al calor de los mejores recuerdos. La semana en la que los zaragozanos seguimos siendo lo mejor en lo que hubiéramos podido convertirnos todos al mismo tiempo. Un ejemplo de humanidad y de hospitalidad como pocos. Un sentimiento en mayúsculas.

Y, este año, las fiestas del Pilar vuelven a ser la ocasión en la que un aragonés sabe mejor que nunca que, si no hubiera nacido aquí, querría nacer de nuevo para ser capaz de sentir, como sólo siente un corazón baturro, que Zaragoza no se toca.

¡Felices fiestas, mañicos!

jueves, 3 de octubre de 2013

Instinto

Si la vida no fuera este valle de lágrimas entre dos cumbres desde las que suicidarse a placer, nos resistiríamos a nacer. La vida nos llama por puro instinto natural, por una necesidad de sufrir y de expresarlo, por una obligación genética de lamentarse. Los seres humanos lloramos mucho antes de reír por vez primera debido a que el llanto es una reacción instintiva mientras que la risa es una respuesta que se aprende. Yo he aprendido a reírme de casi todo hace apenas cinco minutos, pero aún no he aprendido a dejar de llorar porque soy, como todo el mundo, naturalmente torpe para superar los instintos. Ayer, sin ir más lejos, fue escuchar la detonación dentro de la Basílica del Pilar y sentirme arrollada por unas ganas incontenibles de acuchillar gente respondiendo al instinto de lucha, aunque, finalmente, me comí la voluntad por simple instinto de nutrición. Hoy, amanece lloviendo y me habría quedado en la cama satisfaciendo el instinto de guarida y porque me apetecía llegar a la oficina lo mismo que tirarme por el balcón, sin embargo, el instinto de supervivencia me ha sacado de la cama. Es cierto que hubiera podido despertar con más instinto de huir que de guarecerme o sobrevivir, pero hay días en que las circunstancias me obligan a ser selectiva a la hora de atender las llamadas de la naturaleza. Misterios del mundo animal.

Según todo lo anterior y otras cosas que mejor me callo, no puedo sino admitir abiertamente que estoy más hecha de tripas que de masa gris. De hecho, este blog, bien lo sabéis, no es más que una foto de mis propios intestinos y de lo que en ellos habita desde que la libertad de expresión se impuso a la buena educación. Y, hablando de heces, llevo desde ayer tratando de componer el sentimiento que me provoca la distribución que el Gobierno ha hecho del montante de 2014 para complacer lo que algunos denominan "instinto cultural" y que, a mí, más que un instinto me parece una partida presupuestaria de escasa importancia en el código genético de los mamíferos en general cuando no del Partido Popular en particular. A tenor de los presupuestos generales presentados esta semana y sólo por obra y gracias a la generosidad de nuestros muchos ministros y adláteres, los iletrados españoles vamos a tener el gusto de contar con ciento seis millones de euros para saciar nuestras irracionales ansias de cultura.

Ciento seis millones de euros para culturizarse, así, a botepronto, no parecen tantos comparados con los ciento sesenta que se destinan a sufragar el gasto en partidos políticos y procesos electorales de un año completo. Ciento seis millones de euros los rebaña Bárcenas con un par de contratos como tesorero en un visto y no visto. Ciento seis millones de euros entre veintiún mil millones que suma el total del montante son una insignificancia y, sin embargo, mis cejijuntos compañeros de nacionalidad, puestos todos los instintos sobre la mesa, ciento seis millones de euros para complacer a uno sólo son una barbaridad de las mayores que ha cometido este Gobierno. Para componer un poco el lugar en el que esta temeridad nos deja, la cultura en 2014 nos va a costar a los españoles ciento seis millones de euros o, lo que es lo mismo, mil trescientas veces lo que supone en términos económicos la inestimable labor de Mariano Rajoy cada año desde hace dos. Con ciento seis millones de euros, pagamos a mil trescientos Marianos que dirijan este folclórico país de boca hacia los brotes verdes. Imagínense los prados en los que pastaríamos con la visión de mil trescientos Marianos ojipláticos ante la imparable recuperación de España. Y, voy mucho más allá apelando a la salvaje e ilógica naturaleza del lector, cuántos instintos no podríamos satisfacer con un Mariano Rajoy para cada treinta y seis mil ciudadanos llevados al límite de la necesidad. A mí, sólo con soñarlo, se me hace la boca agua.

Con este afán de nuestros dirigentes por despertar nuestros más bajos instintos y luego sobrealimentar los más elevados, se demuestra que no sólo los ciudadanos vamos perdiendo la capacidad de raciocinio en pro de la brutalidad más asilvestrada sino que ésta es una cuestión que empieza a afectar incluso a aquellas criaturas que habitan palacios y coches oficiales. ¿A qué especie animal se le ocurre destinar ciento seis millones de euros para culturizar a una manada de cuarenta y siete millones de bestias? Porque algunas querríamos seguir sin tener que preguntarnos por qué con nuestros impuestos estamos obligadas a complacer instintos que ya apenas se nos despiertan a medianoche pudiendo tener mil trescientos presidentes del Gobierno para deleitarnos dando rienda suelta a nuestros impulsos más primarios. Y quisiéramos que alguien nos hubiera preguntado si tenemos más hambre de pan, de sangre o de ilustración. Sin embargo, ese mismo alguien, con mucho más raciocinio del que se nos supone a los bípedos contribuyentes, ha creído que es posible curar el resto de nuestros instintos con una buena merienda de ciento seis millones de euros en cultura, eso sí, sin sanidad, sin seguridad, sin justicia, sin pensiones y sin pan.

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