lunes, 28 de octubre de 2013

Hemos perdido la voz

Desde que en este país y en el mundo entero se dio carta blanca a la libertad de expresión, no han hecho sino nacer ingenios de modernidad que, poco a poco, le han ido cortando las alas a nuestro modo de manifestarnos. Desfasada, por motivos obvios, la eficiencia de la tradicional paloma mensajera y la del suficientemente probado y legendario oficio de correos, los dos a una necesitaron verse sustituidos por un nuevo servicio fundamentado en la redacción de mensajes cortos. Así, los pareceres de un librepensador en zapatillas de estar por casa se redujeron, de golpe y porrazo, a lo que cabe en ciento sesenta caracteres. Surgió de este atropello a nuestras apreciaciones y por estricta necesidad hispanopensante, esa variante del español capaz de apocopar hoy en día incluso los monosílabos, favoreciendo, por otra parte, la llegada de una nueva aplicación en forma de twits que nuevamente amputaba nuestra opinión hasta los ciento cuarenta caracteres, absolutamente insuficientes en cualquier caso. Y, por si no fuera bastante, cuando ninguno creíamos posible que hubiera forma humana  de recortar más todavía, emergió Mariano de quién sabe qué mente preclara, para continuar por la senda del golpe, del porrazo y del apócope de lo irreductible, y a quien, en honor a la verdad, le venían a importar un pimiento de Padrón nuestro criterio o nuestros caracteres.

No discuto que estos artificios de expresión medida fueran, de entrada, válidos para un angloparlante, que se despacha pronto, pero nunca para un español que, como todo español sabe, se caga en los lunes y le sobra mierda para los martes. Un español, para lo único que no está programado es para tragarse sus propias palabras. Y, por eso, creo que no ha nacido ser humano o divino capaz de explicarse cómo los españoles nos hemos dejado ganar la batalla de la opinión siendo como somos el segundo país más ruidoso del mundo a pesar de ocupar el quincuagésimo segundo puesto en superficie territorial con la marea baja. Un país en el que quien más tiene que callar ha de opinar sobre todo. Un país en el que nadie sabe lo que sucederá mañana porque andamos siempre demasiado ocupados criticando lo de ayer. Un país que, observado desde el espacio lunar, tiene que parecer una jaula de grillos pinchada en una pelota. ¿Cómo un país así ha podido olvidar su esencia en favor de las más sofisticadas herramientas de comunicación o de Mariano? Díganmelo porque yo esta tarde ya vivo sin vivir en mí.

España ha perdido la voz. España tiene que salir de España para saber cómo ha de legislarse dentro de España. España viaja a Estrasburgo a lomos de Luis López Guerra para dictaminar algo que sólo le atañe a España y resulta ser apenas una más entre diecisiete. España vuelve de Estrasburgo a pie y tiene que envainarse que España ha suscrito el Convenio Europeo de Derechos Humanos (de los de algunos) y que, por tanto, forma parte de su ordenamiento jurídico. España se queda patidifusa delante del espejo porque no se reconoce y España, patidifusa y todo, sale a la calle porque no puede evitar preguntarse sobre sí misma. (Existencialismo lo llaman. "Mecagüen" todo lo que se menea, lo llamamos.) España salió ayer a la calle a exigir la justicia que merecemos, la misma que se aplica cuando sentencia Estrasburgo. Mientras la ciudad de la puntualidad británica lleva siete años sin aplicar un fallo del mismo tribunal, en España no hemos tardado ni veinticuatro horas en bajarnos los pantalones hasta los tobillos y acatar como no acatamos ni el cuarto de hora del bocadillo. España percibe la injusticia de una sentencia que viene de un Tribunal de Derechos Humanos y que atenta contra los derechos fundamentales de las víctimas de un asesino y es que éste rinda cuentas por lo que hizo sin rebajas de temporada. España está tan harta que se sale por los lados. España necesita salir a la calle a expresar su opinión y a que le dé el aire. España no cabe en sí como no cabe ni cabrá en ciento cuarenta caracteres. Y, a mí, como española, exigir una justicia con mayúsculas y sin medidas ante los mayores asesinos de este país y ante una clase política que no nos está dando nuestro sitio en nada de lo que aborda me parece un excelente ejercicio de democracia contra la humillación y las limitaciones que se nos imponen sin argumentos.

1 comentario:

  1. La primera norma del manual del buen político es divide y vencerás. ¡Y vaya si lo consiguen! ¡Y con qué buenos resultados para sus intereses! Cuando España sale a la calle a expresar su opinión, lo único que consigue es que le dé el aire, porque las opiniones son tan fragmentadas y con tantos matices, que las miles de manifestaciones que hay al año son ya sólo una parte más del paisaje. Y títeres y titiriteros, encantados de haberse conocido, y encima alardean de demócratas sin sufrir las consecuencias de no serlo.

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