jueves, 3 de octubre de 2013

Instinto

Si la vida no fuera este valle de lágrimas entre dos cumbres desde las que suicidarse a placer, nos resistiríamos a nacer. La vida nos llama por puro instinto natural, por una necesidad de sufrir y de expresarlo, por una obligación genética de lamentarse. Los seres humanos lloramos mucho antes de reír por vez primera debido a que el llanto es una reacción instintiva mientras que la risa es una respuesta que se aprende. Yo he aprendido a reírme de casi todo hace apenas cinco minutos, pero aún no he aprendido a dejar de llorar porque soy, como todo el mundo, naturalmente torpe para superar los instintos. Ayer, sin ir más lejos, fue escuchar la detonación dentro de la Basílica del Pilar y sentirme arrollada por unas ganas incontenibles de acuchillar gente respondiendo al instinto de lucha, aunque, finalmente, me comí la voluntad por simple instinto de nutrición. Hoy, amanece lloviendo y me habría quedado en la cama satisfaciendo el instinto de guarida y porque me apetecía llegar a la oficina lo mismo que tirarme por el balcón, sin embargo, el instinto de supervivencia me ha sacado de la cama. Es cierto que hubiera podido despertar con más instinto de huir que de guarecerme o sobrevivir, pero hay días en que las circunstancias me obligan a ser selectiva a la hora de atender las llamadas de la naturaleza. Misterios del mundo animal.

Según todo lo anterior y otras cosas que mejor me callo, no puedo sino admitir abiertamente que estoy más hecha de tripas que de masa gris. De hecho, este blog, bien lo sabéis, no es más que una foto de mis propios intestinos y de lo que en ellos habita desde que la libertad de expresión se impuso a la buena educación. Y, hablando de heces, llevo desde ayer tratando de componer el sentimiento que me provoca la distribución que el Gobierno ha hecho del montante de 2014 para complacer lo que algunos denominan "instinto cultural" y que, a mí, más que un instinto me parece una partida presupuestaria de escasa importancia en el código genético de los mamíferos en general cuando no del Partido Popular en particular. A tenor de los presupuestos generales presentados esta semana y sólo por obra y gracias a la generosidad de nuestros muchos ministros y adláteres, los iletrados españoles vamos a tener el gusto de contar con ciento seis millones de euros para saciar nuestras irracionales ansias de cultura.

Ciento seis millones de euros para culturizarse, así, a botepronto, no parecen tantos comparados con los ciento sesenta que se destinan a sufragar el gasto en partidos políticos y procesos electorales de un año completo. Ciento seis millones de euros los rebaña Bárcenas con un par de contratos como tesorero en un visto y no visto. Ciento seis millones de euros entre veintiún mil millones que suma el total del montante son una insignificancia y, sin embargo, mis cejijuntos compañeros de nacionalidad, puestos todos los instintos sobre la mesa, ciento seis millones de euros para complacer a uno sólo son una barbaridad de las mayores que ha cometido este Gobierno. Para componer un poco el lugar en el que esta temeridad nos deja, la cultura en 2014 nos va a costar a los españoles ciento seis millones de euros o, lo que es lo mismo, mil trescientas veces lo que supone en términos económicos la inestimable labor de Mariano Rajoy cada año desde hace dos. Con ciento seis millones de euros, pagamos a mil trescientos Marianos que dirijan este folclórico país de boca hacia los brotes verdes. Imagínense los prados en los que pastaríamos con la visión de mil trescientos Marianos ojipláticos ante la imparable recuperación de España. Y, voy mucho más allá apelando a la salvaje e ilógica naturaleza del lector, cuántos instintos no podríamos satisfacer con un Mariano Rajoy para cada treinta y seis mil ciudadanos llevados al límite de la necesidad. A mí, sólo con soñarlo, se me hace la boca agua.

Con este afán de nuestros dirigentes por despertar nuestros más bajos instintos y luego sobrealimentar los más elevados, se demuestra que no sólo los ciudadanos vamos perdiendo la capacidad de raciocinio en pro de la brutalidad más asilvestrada sino que ésta es una cuestión que empieza a afectar incluso a aquellas criaturas que habitan palacios y coches oficiales. ¿A qué especie animal se le ocurre destinar ciento seis millones de euros para culturizar a una manada de cuarenta y siete millones de bestias? Porque algunas querríamos seguir sin tener que preguntarnos por qué con nuestros impuestos estamos obligadas a complacer instintos que ya apenas se nos despiertan a medianoche pudiendo tener mil trescientos presidentes del Gobierno para deleitarnos dando rienda suelta a nuestros impulsos más primarios. Y quisiéramos que alguien nos hubiera preguntado si tenemos más hambre de pan, de sangre o de ilustración. Sin embargo, ese mismo alguien, con mucho más raciocinio del que se nos supone a los bípedos contribuyentes, ha creído que es posible curar el resto de nuestros instintos con una buena merienda de ciento seis millones de euros en cultura, eso sí, sin sanidad, sin seguridad, sin justicia, sin pensiones y sin pan.

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