jueves, 21 de noviembre de 2013

Agüita de noviembre

Hoy quiero romper una lanza en favor de las viejas que van por la calle con el paraguas abierto ocupando todo el porche (esta misma mañana en fila de a una calle abajo mientras yo me hartaba de agua calle arriba). Que se me moja el paraguas, dicen. Las secundo. Porque, después de dos años y un día con Rajoy en el Gobierno, espacio de tiempo que, más que media legislatura, ha sido una condena entera, a nadie le cabe duda de que, a España, la han hecho a la medida de los previsores (y de los chorizos a gran escala, pero esos van en coche oficial). Como yo soy más de que me caiga todo encima, allá que voy sin paraguas, ni porche, ni chaleco antibalas en días en que Mariano tiene previsto comparecer. Luego me toca aguantar a la Puri: "si es que eres masajista perdida, que te lo vengo diciendo hace años luz". Y, aunque me congratula darme cuenta de que no me ha sido necesario estudiar cosmología para llegar al punto en que la curvatura espacio-temporal se reduce a una sola dimensión, me basta e incluso me sobra con conocer a la Puri.
 
Pero hoy era el día de los previsores y, además de la Puri, ha hablado Mariano, a micro abierto. Previendo, previendo, prevé que no subirá el IVA y que bajará el IRPF, pero que, para lo que le queda en el convento, Dios dirá. Prevé que haya más ajustes, pero menos que antes. Prevé un cierto crecimiento y una mejora de los ingresos, aunque no aclara de los de quién. Y, sobretodo, prevé (porque las ve antes que nadie) luces, que podrían ser las de Navidad o las que lleva viendo desde enero al final del túnel. Para la Puri, es mucho tomate y se me atasca en los ajustes. "Más ajustes, Dios mío, adónde vamos a llegar. Hay que ver lo que tenemos que sufrir las madres ¿eh?". Me lo dice a mí, que no tengo hijos ni nada, pero hay días en que me debe de ver un poco madre, o que ni siquiera me ve. Yo qué sé. Me hubiera gustado terminar de escuchar a nuestro presidente por si nos regalaba algún consejo aplicable a este tiempo que se nos presenta, pero la verborrea de la Puri me lo ha impedido. En cualquier caso, creo que no ha habido nada de eso, más que nada porque Mariano ni idea tiene de lo que llueve fuera. La Puri, sí, que sale de casa con un paraguas que parece un paracaídas, porque nunca se sabe y ella es de las de por si acaso, aunque no hay paraguas bastante para las dos, también lo tengo que decir, y que la Puri me perdone.
 
Así salimos, aún cuando Mariano, en la radio, continúa prometiendo como prometió hace ya dos años lo que ha quedado en agua de borrajas. En la calle, el país sigue haciendo aguas también y la Puri, que en cuanto se le mojan las suelas se cree que soy Neptuno, me pregunta que esta lluvia cuándo se acaba. Yo le pronostico que para rato hay caldo, por no decirle que se irá cuando le dé la real gana, e imagino cómo se lleva las manos a la cabeza, aunque no lo haga por aguantar el paraguas abierto debajo del porche, mientras yo camino con kilo y medio de agua por pernera sorteando charcos a la más pura intemperie. Me hace saber, para alimento de mi acervo cultural, que esto es buenísimo para el campo, pero yo ya empiezo a luchar entre escuchar las voces que me suenan fuera y las que me suenan dentro de la cabeza en un jueves en que, al tiempo que Mariano celebra su segundo año de gloria, los españoles andamos de barro hasta la rodilla, calados de escepticismo, sin gorro hasta el que estar, aguantando el temporal.
 
El porche se acaba y la Puri decide que hasta allí ha llegado, que no tiene sentido continuar. Bastante que me ha hecho el favor de salir de casa. Se para y me mira como si fuera a despedirse. "Sécate ese pelo", me dice. Se da la vuelta, se aleja con el paraguas abierto ocupando todo el porche y obviando, en plan mariano, porque tampoco le importa, que, a mí, me pueda partir un rayo.

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