domingo, 3 de noviembre de 2013

El final del verano

No sé a ustedes, pero, a mí, este año, no se me acaba de pasar el verano. Todavía me da para sentarme en una terraza frente a una playa tibia y ver cómo las gotas de lluvia comienzan a caer disputándose una batalla con el océano. Y no puedo apartar la vista preguntándome por un momento cuál de los dos mojará la arena antes, si el mar o el cielo, hasta que, por uno o por otro o por los dos, la tierra se empapa y resulta difícil definir dónde acaba el agua y empieza el suelo.
 
Una guarda una estampa como ésta en el recuerdo porque sabe que la necesitará para sobrellevar el invierno. Porque una imagen así en el mes de octubre y más, si cabe, en el de noviembre es un último regalo de cumpleaños que la vida nos pone delante tratando de decir que cualquier día puede acabar siendo especial. Porque son los detalles inesperados los que marcan la diferencia: una tormenta de verano en otoño, una puesta de sol a las cinco, un abrazo llegado desde tan lejos, un mensaje del pasado a última hora.

Puedo sumergirme en estos humildes fragmentos de la existencia y reconocerme en ellos. En el agua que fluye, en la vida que pasa, en las grandes pérdidas y las pequeñas alegrías. En las lealtades debidas. En lo que no conozco y un día creí conocer. En lo que el paso del tiempo nos trae y, sobretodo, nos quita. Y, aunque la vida, bajo esta mirada, puede resultar angustiosa, hoy no puedo evitar contemplarla con esos ojos de nostalgia que intentan adivinar el futuro.

Éste ha querido ser un fin de semana de memorias, propias y ajenas. Ahora, el mar sigue mojando la arena por sí solo, la vida sigue robándonos las horas minuto a minuto, la luz vuelve a perderse en algún punto hacia el que ya no queremos mirar. Ya no toca. Aunque, por un instante, haya sido necesario detenerse un momento a observar que estamos donde estamos por el camino que hemos recorrido. Que somos quienes somos por lo que fuimos. Que cada momento pasado nos compone.

Que Dios nos conserve la memoria por si lo que está por llegar no llega como esperamos.

1 comentario:

  1. ¡Qué bonito! ¡Y qué sensaciones transmite! ¡Ufff!

    Siempre he pensado que el futuro es el reflejo del pasado en el espejo del hoy, de ahí la importancia de tener claro el pasado, para que no nos lo tenga que recordar el futuro pillándonos por sorpresa.

    Afortunadamente, el paso del tiempo nos va aportando dosis de realismo que hacen que nos vayamos desprendiendo de deseos propios y los vayamos traspasando a los que vienen por detrás. Ojalá que el espejo de nuestro hoy filtre lo malo de nuestro pasado y desvíe el reflejo de lo bueno hacia el futuro de los que más lo necesiten. Yo me conformo con lo vivido y le doy muchísimas gracias a Dios.

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