lunes, 25 de noviembre de 2013

Eufemismos, por lo bien que suenan

De buena mañana, mi amiga Puri, que leyó de sus andanzas en este rincón, me pregunta que quién es la Puri. Por no darle una patada en todo el ego, le tengo que contestar que la Puri es un personaje de ficción, convenciéndome a mí misma de que mi respuesta no es mentira del todo, dado que, en la realidad, la Puri se supera a sí misma. Lo importante es que se conforma con la respuesta y que, una vez más, certifico que el poder de la palabra debería ser el primer poder reconocido. La palabra tiene, en la misma medida, la capacidad de decir y la de transformar la realidad.
 
El Gobierno con el país, como yo con mi amiga Puri, se ha ocupado de decir, evitando decir, y de transmitir transformando la visión de las cosas. Así, cuando la situación empezó a desmoronarse a ojos vistas y el partido en el poder consideró que la mejor salida iba a ser la de aplicar esta condena de renuncias, no por nada la denominó política de austeridad, evitando por activa y por pasiva, en directo y en diferido, pronunciar la palabra recorte. Porque el sentimiento que provoca la palabra austeridad es absolutamente contrario a la reacción que hubiera desatado reconocer que le iban a meter la tijera de lleno al montante de nuestros derechos. Como el ahorro y el control de los gastos siempre ha estado bien visto, la necesidad de ser un poco más austeros no parecía tan mala. Nos hacía creer que habíamos cometido un exceso durante décadas y generaba una inevitable sensación de culpa que asumimos redimir. Nos conformamos.

Lo mismo nos sucedió al escuchar que había que ajustar en calidad de urgencia las partidas presupuestarias de lo social. Con un cambio de denominación, se estaba transmitiendo a todo el país que los gastos no estaban bien repartidos, que no podíamos sostener el nivel de consumo que nos había conducido al lugar en el que nos encontrábamos, que estaba desajustado. El Gobierno no reconoció que nos estaba restando de lo que nos correspondía, lo que dijo fue que no había para tanto. Nos conformamos.

Tan en el papel de permutar vocablos se metieron que comenzaron a lanzar disparates tales como que la sanidad o la educación eran partidas deficitarias, cuando la realidad es que un servicio o actividad que se financia en el marco de un presupuesto público no puede tener déficit o superávit en sí mismo, si acaso lo hará el presupuesto del que salga esa partida, pero no la partida en sí misma. Del mismo modo que a ningún ministro se le ocurriría decir que la jefatura del Estado es deficitaria, porque no tiene ningún sentido, tampoco lo tiene decirlo de la justicia, la sanidad, la educación o las pensiones. Sin embargo, el Gobierno sabe que pronunciar la palabra déficit y que todo dios se ponga a temblar son dos acciones entre las que media un microsegundo. El remedio para acabar con ambas, el recorte, sin nombrarlo. Y nos conformamos.

El Gobierno sabe bien que no tiene el mismo efecto, ni parecido, utilizar una expresión u otra que significa casi lo mismo pero no lo parece. Los españoles escuchamos que lo público es deficitario, que debemos regresar a la senda del ahorro y la austeridad como buenos cristianos, que las cosas no están ajustadas a la medida de lo que son. Y aceptamos que se recorten. Porque si se hablase claro y se dijese que nuestras necesidades básicas se van a financiar con menos, los españoles pediríamos más recursos, obligando a los de arriba a rascarse el bolsillo tanto como los de abajo. Y no están por la labor.

En el fondo, todos los españoles, los cuarenta y siete millones, aunque nos conformemos, sabemos perfectamente lo que se esconde detrás de este disfraz que es la palabra. No nos engañan, pero consiguen el efecto que persiguen. Por eso, hoy, que para eso es lunes, me atrevo a dejar una pregunta flotando en el aire cibernético e invito a cualquiera que se sienta tentado de contestarla con honestidad a que lo haga. Si esta crisis, como sabemos, no la han provocado los ahorradores, ni los pensionistas, ni los estudiantes, ni los trabajadores, ni los enfermos, ¿por qué la están pagando los ahorradores y los pensionistas y los estudiantes y los trabajadores y los enfermos?
 

1 comentario:

  1. No es una crisis, es un colapso. Y lo hemos provocado todos, siendo partícipes de un sistema imposible y de todos sus mecanismos, cebos y adornos. Como bien dices, no nos engañan, pero consiguen el efecto que persiguen. Porque no es necesario que nos engañen, ya lo hacemos nosotros mismos, con lo que lo único que tienen que hacer es recaudar para sus amos, previa comisión.

    Y seguimos echando balones fuera y soñando con recuperar el sistema, para que vuelva a reventar de forma más caótica si cabe, pero un poquito más en diferido.

    Yo, al menos sí que tengo sensación de culpa, y asumo que no es sólo sensación. Por haber consentido el asentamiento de la mafia constituyéndose en gobierno mundial. Y eso que en mi nivel me he rebelado en más de una ocasión, asumiendo las consecuencias. Pero debería haber sido capaz de lograr apoyos -no para mí, sino en contra del sistema- y no he sido capaz.

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