lunes, 11 de noviembre de 2013

Lo que la crisis se llevó

Si ayer hablábamos de lo mejor que nos despierta la crisis, hoy lo haremos de lo mejor que se nos duerme. Lo mejor que se nos ha llevado este trance ha sido la capacidad de disfrutar de las cosas que antes nos inspiraban cierta ilusión. Hoy mismo, sin ir más cerca, he bajado al súper a comprar un palo de escoba y, de buenas a primeras, he tenido que parar a una dependienta para preguntarle cómo se salía de allí. Entre lineales de turrón, panetones y figuritas de mazapán, me he sentido más perdida que nunca. "Disculpe, señorita, todo esto ¿qué significa? ¿Es que estamos en Navidad o qué?". "Claro, si ya es once de noviembre". Claro. Pues no lo entiendo.
 
A cambio, la misma crisis nos ha traído ese qué se yo que anima a consolarse incluso sin querer. No sé si alguno habrá tenido ganas últimamente de visitar sitios como el Palacio Real, por ejemplo. Si lo hizo, tal vez haya notado que, cada vez, son más frecuentes las parejas en las que él contempla embebido, con cara de Garcilaso, los relojes marcando los cuartos mientras ella apunta: "Pues sí, muy bonito, pero, anda, ponte a limpiar todo esto. Mucho más práctico nuestro apartamento de cuarenta metros. Dónde va a parar". O viceversa, ella pasea por las estancias ojoplática, porque los ojos no le cierran frente a los tapices, pinturas y otros espantos. "Ay, qué maravilla, Manolo, ¿cómo te quedas?" y Manolo se queda dormido porque, ante lo que no va con él, como si le pones la vida de Jane Austen en versión original.

En estas estampas es en donde reconocemos que la crisis ha ido compensando las parejas y frenando los abusos. Casi todo el mundo admite a estas alturas que hemos vivido a lomos del exceso y, en consecuencia, ahora, somos mucho más sensibles a lo que no hace falta. Este verano mismo que, por no salir, nos hemos tragado hasta la vuelta ciclista. Quién no ha pensado, este año por primera vez, en lo absurda que resulta. Un pelotón de tíos pedaleando sin descanso hasta llegar a Madrid por el camino más largo, en verano, con lo que se suda, y venga a beber porque, para dar la vuelta a España en bici, hay que estar muy bebido. Detrás de ellos, un ejército de ingenieros que se han ocupado de pensar en que hasta el último tornillo de la bici resulte aerodinámico para que luego llegue el tío y pedalee con la boca abierta. Y nosotros, tiraos en el sofá, que ni bajar a por pan merece la pena con la que está cayendo y porque tanta reflexión nos deja para pocos excesos (afortunadamente), conscientes de que lo único que podemos cambiar es el canal para darnos de bruces con la pitonisa de Telecinco, la del incombustible "si algo te inquieta, te atormenta, te perturrrba" acompañado de un lenguaje gestual absolutamente incomprensible y una guasa que ni el ministro Von Wert... En pocos años, lo hemos visto todo.

Tanto es así, que nada nos espanta. Hoy he leído que un tío se quemó vivo en una fiesta de Halloween en Los Ángeles entre risas y caras de pasmo. Imagínense en una fiesta multitudinaria a la que todos los asistentes acuden disfrazados, de zombi del Congreso, de parado mutante o de hamburguesa del McDonald´s y, de pronto, uno se enciende por combustión espontánea y a nadie le da por dispararle con el extintor ni por si acaso ni por participar de la broma. Cientos de personas se quedaron mirando con cara de susto postizo mientras el bonzo perdía el sentido y, a continuación, la vida. Si es que ni humanidad nos ha quedao...

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