sábado, 16 de noviembre de 2013

Los abrazos que no damos

Cuando alguien a quien queremos desaparece de nuestro lado, a menudo, nos preguntamos si lo abrazamos lo suficiente. Sólo cuando nos falta ese ser querido, nos damos cuenta de cuánto se nos ha quedado dentro, de cuánto más pudimos haberle demostrado. No hablo tanto de la familia (aunque también), como de los amigos. Amigos a los que queremos a pleno pulmón y a los que nunca cogimos de la mano para transmitirles que estábamos allí, con ellos, cuando lo necesitaron e incluso cuando no supimos que lo necesitaran. Quizá porque, en el momento en que nos sentimos tentados de hacerlo, creímos que parecería raro. Tal vez porque pensamos que, si hubiéramos intentado abrazarlos, habrían dado un paso atrás. Y, aunque hay quien opina que es mejor arrepentirse de algo que se ha hecho que de algo que no se ha hecho, lo cierto es que no hacemos según sentimos. Apreciamos a las personas con modestia. Amamos a escondidas.

En noches de soledad como ésta, miramos a nuestro alrededor y pensamos en las personas que nos importan y en si las estaremos abrazando bastante. Y comprendemos que existen muchos gestos fortuitos, tropezones por el pasillo y por debajo de la mesa pero pocas manifestaciones premeditadas. Porque cada vez es más frecuente convivir con personas compuestas de una infinita ternura que no se sienten capaces de canalizar. Personas a las que abrazas y se hunden hacia dentro y callan y esperan que el suelo se abra bajo sus pies y se los trague o los escupa, pero los saque de esa posición incómoda que los aterra sin saber por qué. Nos rendimos y lo dejamos pasar. Dejamos que se pierdan los abrazos hasta que llegan las ausencias. Y, aunque, en la vida, hay ausencias que regresan con los años, entonces sucede que el abrazo que les hubiéramos dado y no les dimos se nos enfrió por el camino. Perdóname porque no te abracé como debía cuando tenía sentido.

No sé por qué corren tiempos en los que el contacto físico nos frena, nos acobarda, nos avergüenza. Más allá de ese cortés apretón de manos, de los besos al viento o la palmada de ánimo en la espalda a mano abierta, nos cuesta expresamos a través del tacto. Por lo que quiera que sea, ésta es la época en que la transmisión de afecto de una forma física intimida. Nos escondemos tras las maneras de lo políticamente correcto y dejamos que se pierdan nuestras pasiones.

Sin embargo, a lo largo de los años, encontramos personas que aprenden a abrazar y otras que aprenden a valorar esa superación de las barreras que flotan en el aire encarcelándonos en nuestra soledad. Es de agradecer. Es maravilloso asistir a ese despertar a la vida de los tiernos gestos físicos, a la superación de los miedos, a la extraordinaria comunicación no verbal. Esta noche, desde el calor de estas líneas, siento el irresistible deseo de lanzar un llamamiento en pro del abrazo.

Por la falta que nos hizo, por si creemos que aún hace alguna falta, por si hiciera falta y no lo adivinásemos... O por que no se nos quede dentro irremediablemente.

1 comentario:

  1. Como dice el genial Joaquín Sabina: "hasta los huesos sólo calan los besos que no se han dado".

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