viernes, 8 de noviembre de 2013

Regreso a la picaresca

A los que empezamos a tener una edad, lo mejor que nos ha despertado esta crisis ha sido esa educación de la posguerra en que la picaresca y la rapiña eran carta de presentación. Recuerdo (y esto es tan cierto como que mis padres aún no lo saben) que, hace una buena porrada de años, que no confesaré del todo, mi padre me llevó de excursión a su pueblo natal. Yo tendría unos cuatro años, aunque muy bien llevados. Como en los pueblos valía todo y más en aquellos tiempos en que todos se conocían, mis padres me soltaron en la plaza sin collar y se enzarzaron con los saludos y parabienes, olvidados de mi existencia. Enseguida me sentí empujada por esa curiosidad inherente al aburrimiento infantil y conseguí averiguar que en el bar vendían seis gominolas por cinco pesetas. La astucia de los setenta y la de no llevar ni borra en los bolsillos me ayudó a hacer un cálculo rápido de parvulario para deducir que una gominola salía gratis, ya que la peseta, como el átomo, en aquella época, era indivisible. También para entonces, observando a mi hermano mayor, había descubierto que la candidez de los cuatro años me permitía hacer cosas que más tarde me serían imposibles. Así que, en pleno despiste de mis padres, corrí al bar a ritmo de zapato merceditas a pedir una sola gominola, la gratis. La estrategia consistía en ir pidiéndolas de una en una hasta llegar al atracón. El camarero, a quien mi cerebro de infante había subestimado en extremo, me pilló a la primera y, en lugar de una, me entregó cinco, evitándome los cuatro viajes siguientes, que ya tenía programados en intervalos de cinco minutos, y los posteriores porque, al mirarle a los ojos mientras masticaba mi premio a dos carrillos, noté que me sonrojaba un poco y no volví. En cualquier caso, lo más cierto es que me hice con cinco gominolas por mí misma, sin pedirle nada a nadie (no cuento, claro está, al camarero, que intuyo se recuperaría de aquel dispendio).

Según han pasado los años, nadie sabe exactamente dónde o cuándo, hemos ido perdiendo esta característica tan española de rebañarnos el cerebro para conseguir, de lo gratis, un puñao y que, desde mi punto de vista, era lo mejor de lo que llevábamos en el ADN. Ahora, cuando tenemos hijos, nos olvidamos de que un día también tuvimos cuatro años y, cuando se nos pasan las crisis, no recordamos que un día tuvimos ideas. Aunque muchos recibimos una educación como Dios manda, aprendimos a contar para no contar y a leer para no leer y a pensar para que pensara otro. Aprendimos y olvidamos al compás de tonto el último. Había llegado la cosa a un punto de relajación tal que el español, incluso el español catalán, empezaba a pagar sin revisar los cambios. Entregaba un billete, le devolvían un manojo de monedas y pista, sin contarlas. Estas cosas no duran.

Hoy, para sorpresa y regocijo de ésta que no volverá a cumplir cuatro años, he sido testigo presencial del regreso de la picaresca a nuestras calles. Me encontraba esperando fila en la frutería, medio comiéndome las uñas medio mirando el móvil medio pensando en las cosas que hay que hacer en casa, cuando una señora por detrás de mí levanta la voz en dirección al frutero preguntando por el precio de la naranja.

- Pues, mire, está usted de suerte que la tengo de oferta. A 1,99, el kilo. Pero, si se lleva usted tres kilos, le dejo el kilo a 1,70. Si se lleva cinco, el kilo le sale a 1,50; si...

- Pare, pare, no siga, vaya usted atendiendo que traigo el coche y me lo llene de naranjas hasta que el kilo me salga gratis.

Yo, sinceramente, empezaba a echar un poco en falta eso de darle al coco para ganarse lo que una no se puede pagar, que alguien sepa valorarlo y, si se tercia, le recompense a una el ejercicio. Empezaba a estar un poco harta de esa nueva forma de conseguir sin habérselo merecido ni un poco. Que yo no sé en qué palacete de los siete pares de Francia habrán crecido estos políticos y banqueros nuestros, que roban y consiguen con tan poca gracia. Oigan, que ni la sonrisa picarona nos han dejao en prenda. Y, a mí, eso de no firmar con la marca de la casa como el Zorro con la Z, qué quieren que les diga, me parece poco español. De muy poco estilo, vaya.

1 comentario:

  1. Es lo que tiene la dictadura de la mafia globalizada, que vive a costa del anonimato y de dejar pistas falsas para que el personal se entretenga buscando falsos responsables en las falsas tertulias de los falsos medios de falsa comunicación.

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