jueves, 14 de noviembre de 2013

¿Y tú qué?

Una vez tuve una profesora, de inglés precisamente, que sabía menos inglés que su peor alumno (seguramente yo). Su programa consistía en esforzarse en enseñar en la medida en que nosotros le demostráramos nuestras ganas de aprender. Como a mí estas prepotencias mal argumentadas me revientan un poquito el estómago, aproveché la ocasión una vez más para perder esa magnífica oportunidad de hacer una amiga. El día en que nos hizo saber sus intenciones, decidí levantarme en medio de la clase para aclararle lo que debe ser la filosofía docente. "Disculpa, reina, no deberíamos tener que recordarte que éste es tu trabajo, no el nuestro. Que, a ti, te pagan por impartir clases de inglés de la mejor manera en que seas capaz. Y que nosotros pagamos para que lo hagas. Que, con que a uno sólo de los que estamos aquí le interese lo que tengas que decir (no seré yo), estás en la obligación de dejarte las uñas preparando esta clase. Y que nadie, de momento, te ha faltado al respeto para que consideres que tiene que ser de otra forma." No se lo tomó muy bien. Afortunadamente, tampoco estuvo en el tribunal que me examinó de aquel curso.
 
Del mismo modo que un alumno se motiva ante un profesor ejemplar, un ciudadano crece ante unos mandatarios dignos del cargo. Pero no hay alumno ni ciudadano, y menos en este país, que pueda tomarse en serio las exigencias de alguien que no es paradigma de lo que pide. Cuando hoy se ha sabido que el Ayuntamiento de Sevilla ha emitido una ordenanza según la cual, a partir de ahora, los taxistas de la ciudad deberán saber inglés para serlo, yo he pensado: "espérate a que se levante el primer taxista sevillano, que nos vamos a reír". La mayoría de ellos ha declarado manejarse con soltura en un nivel de inglés "Ana Botella". La inmensa minoría afirma tener nociones básicas y hace una demostración que me siento incapaz de transcribir porque la fonética nunca ha sido mi fuerte. El resto se defiende en el clásico inglés nivel-medio que a los españoles siempre nos ha sacado del aprieto. En cualquier caso, todos pasan el examen mejor que Rajoy (por eso, Mariano nunca quiso ser taxista) y todos se preguntan lo que se tienen que preguntar. ¿Por qué un taxista tiene que saber inglés para conducir a un guiri hasta su hotel en Sevilla y a un político no se le exige para conducir a un país por todo el mundo? Y ¿quién es ese político, que no sabe inglés, para exigirle a un taxista que lo aprenda?

Estudios a propósito de nuestro conocimiento de otros idiomas apuntan que España sigue suspendiendo en inglés, a pesar de lo que se nos ha insistido desde la transición en lo importante que llegaría a ser para encontrar un buen trabajo (que se lo pregunten a los taxistas sevillanos). España es el mejor ejemplo de que una cosa es estudiar idiomas y, otra bien distinta, aprenderlos. Y, hablando de ejemplos, de todos los presidentes que han gobernado en España desde 1975, sólo Calvo-Sotelo dominaba el inglés. El resto, mejor que nunca lo hubiera hablado. A la vista está que el problema de España no es que siga suspendiendo sólo en inglés. El problema en España, y muchas veces con razón, ha sido y sigue siendo el "¿y tú qué?".

1 comentario:

  1. ¿Mandatarios dignos del cargo? ¿Dónde, cuándo, cuáles? No conozco. Aquí, los ciudadanos que crecen lo hacen por su cuenta.

    Si un político en este país supiera inglés, no sería político, porque no pasaría las pruebas de nivel. Sólo con saber idiomas, sería demasiado alto. Es para la única profesión para la que se exige un nivel de analfabeto como máximo. Para los sueldos, no, claro. Hay que remunerarlos muy bien, por si acaso a alguno le da por abrir la boca y relatar lo que ve en su entorno.

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