martes, 3 de diciembre de 2013

Huir

En medio de esta curva del país mal peraltada, existen rutinas que nos amarran al tiempo con la seguridad de lo que comprendemos. Cada día con menos fuerza. Un despertador que suena a las seis de la mañana para trabajar de lo que sea por un sueldo de media mierda travestido en un sueldo de mierda con pedigrí. El recibo pagado del banco "bueno" en formato digital. Un plato de sopa caliente cuando es el frío el que nos sujeta a los días. La vecina de abajo con el carro medio lleno como único puente para atravesar el mes. Un programa tonto a última hora que nos aleje de la realidad sin despegarnos de la vida. De esa vida de malformaciones que estamos obligados a vivir desde que el Gobierno interpretó ciertos derechos como privilegios.
 
Apuro el plato de sopa de la cena como el que mira la vida creyendo que arrastra en el fondo calorías mejores. Pero no me distrae. Hasta la cocina llega el eco de las palabras del presidente del Congreso el día en que abre sus puertas al pueblo: "los ciudadanos influyen en los diputados y eso no puede ser". Una vez más, bajo la mochila de traiciones que cargan, nos hacen partícipes de cuánto nos desprecian y cuál es la desmayada idea de democracia que los mueve. Pienso que, en cierto sentido, la política es eso: obligarnos a casi todos desde la dudosa verdad de unos pocos. Porque las cosas no son como las definimos sino como se definen por sí mismas.
 
Sin querer, me veo envuelta de nuevo por ese soniquete que no cesa en ningún canal. Ese empeño en tapar con ruido las palabras. Ese crimen de acabar la frase sin decir nada. Ese asesinato de la retórica, de la dialéctica, de la diplomacia bien entendida. Lo mismo son las euforias sibilantes de Rajoy que el tiroriro de Rubalcaba, mientras flotan, ante nuestros ojos, como los peces muertos, porque es su forma de caer.

Busco una vía higiénica de huir, entre la sopa y esta página, y olvidar ese no sé qué que se queda flotando en el aire como si no hubiera ya un espacio propio que ocupar. Sentir ese desapego que es como una punta de desgana por todo lo que nos rodea sin dejarse esquivar. Enajenarse por un instante de este aparato indecente de la actualidad, del escándalo sordo de la prensa, del griterío atronador de las antenas, del noble oficio  de la palabra convertido en un burdo salir del mal paso sin tener ni puñetera idea.

1 comentario:

  1. Si hay soniquetes, ruidos, frases huecas y asesinato de la retórica y la dialéctica es porque hay ojos y oídos adheridos a las páginas, las ondas y las pantallas como el musgo a las rocas. Y nada más sencillo que dejar de ser audiencia de los medios. No te pueden obligar, por mucho que se empeñen. Y tu vida te lo agradece devolviéndote parte de dos cosas fundamentales para disfrutarla: tiempo y salud mental. A partir de ahí, las cosas se definen de otra manera.

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