martes, 10 de diciembre de 2013

La razón de la sinrazón

Me cuesta pensar, escuchando las comparecencias de nuestros políticos, que no exista un fin último que justifique tanta mentira. Empiezo a intuir que, mientras los españoles nos reímos a mandíbula batiente del sainete que representan, nos estemos perdiendo, por no haber previsto un par de ojos bien abiertos en el cogote, el guiño disimulado de Rajoy, el juego de manos de sus ministros, la voltereta lateral de la oposición, la puñalada trapera que entre todos preparan clavarnos directamente en mitad de la chepa. Hay cosas que no nos cuentan o que nos cuentan poco.
 
Lo que en el mes de noviembre era un soberano desastre en opinión de Mariano Rajoy: la educación, la sanidad, el sistema de pensiones..., llegado el día de la Constitución, lo teníamos arreglado para irnos todos de cotillón, aunque la presidencia nos lo comunicara con mirada de caracol desnortado, como aquel al que no le ajustan bien las lentillas por debajo de las gafas, o porque tuvo que leer al margen derecho de la cámara lo que no hay un dios que se crea o porque no es capaz de decirlo mirándonos a los ojos ni siquiera a través del plasma. Al final, en una semana, según Mariano, se han solucionado los grandes males del país. No había para tanto. 
 
Gracias a que la privatización está siendo la madre de todos los partos. Y, en este sentido, no hay servicio que el gobierno no se esté ocupando de alumbrar y exponer como un bien común insuperable. Resulta un poco sospechosillo que, una vez privatizadas, las empresas que antes formaban parte de lo público se acuerden tanto y tan bien de aquel que les cambió el apellido. José María Aznar, como presidente del Gobierno, entre otras cosas, se ocupó de privatizar Endesa y, aunque nadie sabe muy bien lo que hace más allá de cobrar una suculenta nómina a fin de mes, hoy en día forma parte de la plantilla de la empresa. Anteriormente, Felipe González ya había privatizado Gas Natural para después ostentar, junto al de expresidente del Gobierno, el título de consejero de Gas Natural Fenosa entre un montón de bonsáis. Uno tras otro se han ido preocupando durante su paso por la Moncloa de hacerse la cama en la que más tarde se acostarían a descansar. Porque, también hay que decirlo, tienen que acabar molidos.
 
Para esta legislatura, tocaba empezar a darles un sitio a los servicios estatales en este camarote de la privatización. Y es de suponer que nuestros tributos lleven camino de dejar de destinarse al pago del bienestar. Llegará el día en que Mariano sea nombrado jefe de cirugía cardiovascular en la Seguridad Social de Todos los Santos o que el ministro Wert se encargue de rubricar la cartilla de las notas al concluir la ESO. Será el mismo día en que nos digan que lo nuestro no se paga con lo nuestro, y aceptemos que los impuestos no sirven para procurarnos derechos básicos sino para pagar la vida de otros, y que con lo que nos reste de lo que también es nuestro tengamos que pensar por fuerza en procurarnos un plan de pensiones y un seguro privado y una educación de hijo de ministro para que ellos puedan comer dos platos: de primero, impuestos; de segundo, los flecos de nuestra nómina. Porque, en tiempos de recesión, es la única forma de que sigan viviendo como merecen: que el cazo les alcance para recoger lo público y rebañar lo privado.

1 comentario:

  1. Efectivamente, los títeres tienen pactado un porcentaje con sus titiriteros, y reproducen su método a escala: amasar y rebañar hasta el último céntimo que se mueva por ahí. Los titiriteros, desde lo privado y los títeres desde lo público, y ambos con legislación a la carta. Y luego está el público, que paga lo público y lo privado, y además saca la entrada y aplaude.

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