jueves, 2 de enero de 2014

Sacyr sella el Canal de Panamá con la Marca España

Disfrutamos los españoles de la extraordinaria cualidad de creer que podemos arreglar cualquier cosa con la mitad de lo que cuesta. Llámenlo exceso de confianza, buena fe o, simplemente, tenerlos cuadrados. Como prueba de que esto es así, basta con pedir un presupuesto para alicatar el baño del dormitorio y esperar un par de días a que se entere ese cuñado que todo el mundo tiene y que, en cuanto ve tres ceros juntos, te comunica que pareces tonto porque eso él te lo hace en dos días con ciento cincuenta euros de baldosa y un chicle masticao. Y le sobra el tiempo que un profesional pierde en cerrar el cálculo de cada partida para fumarse un puro de treinta centímetros. A juicio del contratista queda el emplear al experto o confiar en la ya probada pericia del hermano político.

En una de éstas se vieron los panameños hará unos cinco años cuando decidieron acometer la ampliación del Canal de Panamá, una de las obras de ingenieria más monumentales de este siglo, y, al final, contrataron al cuñado. Ya entonces, los perdedores en la subasta de la concesión de la obra, en un ataque de pelusilla que los españoles nos pasamos por el arco del triunfo, acusaron al consorcio formado por la constructora Sacyr, su socio italiano y la holandesa Jan de Nul de presentar una oferta temeraria con unos costes tan ajustados que sería imposible concluir los trabajos. Hoy, a diez meses de la fecha pactada para la entrega de la obra, la española Sacyr (léase, el cuñado), renuncia a continuar con la obra porque, al parecer, se ha pillado los dedos con el chicle y la baldosa no le llega hasta el Pacífico. 

Aquí, no nos sorprende. En Panamá, van necesitando respiración asistida. Pero los españoles, igual que hundimos la bota y la Bolsa hasta el fondo del Canal en un mismo día, nos hacemos cargo de la situación como mejor sabemos. Ya les hemos mandado, y gratis, un equipo de salvamento formado por el príncipe Felipe y la ministra de fomento, Ana Pastor, la de "la política es el arte de no decir tonterías", a fin de que den comienzo las tareas de reanimación cardiopulmonar. Y está previsto el envío urgente de Rajoy tan pronto como recobren la presencia de ánimo para devolverles también el sentido del humor. De lo que tenemos, que no les falte de nada, que la Marca España está en juego. Porque la construcción del Canal de Panamá es Marca España, la banca rescatada por todos es Marca España, los toros (todos) son Marca España, el fútbol subvencionado ilegalmente con fondos públicos es Marca España hasta la médula; pero el parado que hace fila en el INAEM, el desahuciado que duerme en la calle, el niño que no desayuna en casa, el anciano que no puede pagar la luz, tú y yo, amor, no somos Marca España. Si lo fuéramos, nos prestarían la atención que nos niegan.

Interesantes estudios acerca de la actual Marca España forjados en la minuciosa observación de nuestras jaimitadas, a pesar de los esfuerzos de este Gobierno porque se fijen en lo bien que respira la banca; el buen amigo que me propone éste como el tema del día cuando el tema del día es ya lo de menos; y mi madre, cuando me siento a la mesa acuclillada en la silla; opinan que no se puede hacer fuera de casa lo que hacemos de puertas adentro. Yo soy más de la opinión de que ni fuera ni dentro o en todas partes. Y que tanta culpa o ninguna tenemos los españoles de ser lo que somos como los extranjeros por creerse que hemos dado en ser los chinos de Europa, el todo a cien de la ingeniería, la marca de saldo, el cuñado del "tú eres tonto, pásame el chicle". Y, entre esto que hoy nos aflige, y que Ana Botella piense que puede comprar unos Juegos Olímpicos con un café con leche, o la candidez y buena voluntad de que se impregnó Mariano cuando le comunicaron que el barco europeo se hundía, media la razón que lo explica todo.

"No te preocupes, Angela Merkel, que los parados los pongo yo".

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2 comentarios:

  1. Muy bueno...Jaimitadas Marca España.

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  2. No deja de ser un hecho cotidiano más: quien manda, manda, y los demás a obedecer. Al fin y al cabo, Sacyr es uno de los jefes, y la ministra y el príncipe, dos de los empleados.

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