jueves, 20 de febrero de 2014

Frontera con Suiza

España es un territorio pantanoso que limita al sur con los EREs andaluces, al este con la Gürtel, al oeste con Pokémon y al norte con la banca suiza. España es un barrizal atravesado por caudalosos ríos de corrupción que arrastran un fondo de desvergüenza y financiación ilegal de los Alpes a Marruecos y de las Rías Bajas a Oriol Pujol. Con los últimos deshielos, la Península quedó nuevamente anegada por el imparable caudal del torrente pepero, que nace en el pico más alto de la cordillera helvética y desemboca directamente en el Senado sin pasar por casa. España, mal que nos pese, ya no es esa tierra fértil acotada por la frontera de los Pirineos, como aprendimos de la vieja escuela, sino un taco de arcilla amorfa en proceso de liquidación que, a medio derretir, se nos extiende hasta Centroeuropa. España es esa patria en la que un día no se puso el sol y hoy, si pudiera, no saldría.

Una patria que, para nuestro insigne Gobierno, se quedaba tan chica que tuvieron que ponerse a colonizar a toda prisa algunas cuentas en Suiza y otros paraísos fiscales para acomodar su obra como Dios manda. Según el más reciente comunicado emitido desde nuestras nuevas fronteras alpinas, Francisco Granados, exsecretario general del PP en Madrid, tenía una cuenta en Suiza desde hace catorce años en la que se le llegó a acumular la cantidad de un millón y medio de euros. Tanto Granados como el Partido quedaron encantados con la noticia. Que la banca suiza se preocupe de informar de estas cuestiones siempre es de agradecer porque el propio Francisco ni se acordaba ya. Primero dijo que él nunca había tenido un euro en Suiza y, luego, en un inesperado alarde de memoria, le pareció recordar que sí había tenido una cuenta, pero que eso fue en 1996 y que, entonces, ni siquiera existía el euro. Probablemente, la abriría en pesetas, o en maravedís del siglo XI, o con un puñado de garbanzos que ganara en una buena mano de mus. Lo que ocurre cuando se tienen estas cuentas tan perdidas de vista es que las vas dejando y, a fuerza de intereses, se te hace allí un montón que, cuando las vas a liquidar, no te cabe en la cartera.

Granados aprovechó, ya que estaba por allí, para anunciar su irrevocable dimisión, que nada tenía que ver con los citados acontecimientos porque él pensaba en dimitir hacía ya mucho tiempo, seguramente empezara a rumiar la idea también en 1996. Como Cospedal que, desde que dijo que, si se encontraba una cuenta en Suiza de un miembro del PP, ella dimitiría; hemos visto ya unas cuantas y allí sigue, en diferido. Claro que, tal y como se están poniendo de verdes estos brotes, no le va a bastar con entregar el cargo, va a tener que poner hasta el carnet de la biblioteca a disposición del partido.

Lo que, en el fondo, no deja de sorprender (además de la noticia, que la evasión de capitales siempre parece que nos pilla de nuevas) es la torpeza recurrente de esta subespecie del territorio extrapeninsular. Porque podrán tardar catorce años, pero, al final, los suizos informar informan. Queremos suponer que lo que le pasó a Granados (y a Bárcenas, y a Urdangarín, y a Solbes, y a Blasco, y a Dívar... y al duque de Lerma) es un poco como lo que le sucedió a Ana Mato en su día, que no vio venir el jaguar, si bien es cierto que, a estas alturas de la escalada, la cosa tiene delito. Y, en eso, todo hay que decirlo, Aguirre, que no tiene el horno para bollos suizos, estuvo bien acertada apuntándole al senador que tener una cuenta en Suiza no es delito para un ciudadano, pero es un delito como la copa de un pino alpino para un político, que, como todos sabemos, de ciudadanos tienen bastante poco.

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1 comentario:

  1. Sencillamente magistral, una vez más. Parece mentira que puedas envolver objetos tan asquerosamente repugnantes en un papel de regalo tan atractivo que hasta se olvida uno -al menos por un rato- de lo que hay dentro, y paso de comentar lo que pienso de países como Suiza y de la hipocresía elevada a la enésima potencia de los organismos internacionales.

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