miércoles, 23 de abril de 2014

Día del libro

Existen conmemoraciones a lo largo y ancho del calendario gregoriano, como el día de la mujer trabajadora, el día del padre, el día de la madre, el día de los enamorados o el día de la marmota, que me conmueven lo mismo que lo haría el día de la berenjena rellena de pimientos. No me hacen falta. Sin embargo, año tras año, agradezco a quien proceda que, desde 1995, exista un día internacional del libro coincidiendo (aunque poco en algún caso) con el fallecimiento de personalidades de la talla de Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Garcilaso de la Vega o William Wordsworth. Disfruto como una fiesta el hecho de que, al menos durante una jornada, las calles principales se conviertan en un escaparate de librerías, y en un hervidero de lectores, y que los escritores salgan de esos sótanos oscuros plagados de volúmenes en los que los imagino a interactuar personalmente con sus leyentes potenciales. Porque, a mí particularmente, me gusta conocerlos; porque, a la señora que hace fila detrás de mí esperando que José Luis Corral le firme su último libro, le parece que el libro firmado por el autor "mola más" o porque, si José Luis no estuviera, quizá, la mitad de los que esperan turno ni lo hubieran comprado. El caso es que no cabemos. Y me encanta esta manifestación de tan buenas intenciones.

Mi amiga Mercedes dice que, a ella, el autor no le interesa lo más mínimo porque lo mejor que tiene que ofrecer ya lo ha dejado en su obra. Yo me deleito con su presencia en la calle, posiblemente, porque soy una cotilla sin enmienda y creo que la persona del autor todavía alberga un buen conjunto de anécdotas alrededor del texto que, si la fila no es larga, suele compartir con quien sienta el impulso de acercarse a robarle un momento. Así es como hoy conocemos a Santiago Morata, autor de CAT, una novela que aúna la ficción en una trama trepidante y la realidad del independentismo catalán desde el punto de vista de la manipulación histórica. Nos cuenta que, en pleno siglo XXI y de la libertad de expresión, El Corte Inglés de Barcelona ha vetado la venta de su libro retirándolo de las estanterías, que la editorial que lo ha publicado no ha conocido un caso igual en lo que lleva de andadura y que existen numerosos periodistas que se niegan a mencionarlo por escribir tan abiertamente de lo que muchos piensan y pocos dicen. El prólogo se aventura a escribirlo José Luis Corral, que firma libros a un lado de Morata, como secundándolo, y con quien ya hemos tenido el gusto de hablar anteriormente. El año pasado nos deleitamos recordando juntos el curso en que fue mi profesor de Historia Medieval; éste, está demasiado solicitado y sólo nos saludamos mientras me garabatea la hoja de guarda. Parece cansado pero no lo expresa, dice estar encantado de vernos a todos y yo lo creo. Es un día para estarlo si se es escritor.

Visitamos algunos puestos más. Nos gustaría comprar los libros de todos los autores que se han prestado a estar allí. Nos enternece que algunos de ellos no estén rodeados de admiradores, que se paseen de un lado al otro del mostrador agitando el boli con una incomodidad tan evidente que es contagiosa. Porque entendemos lo que son y lo que les debemos. Ellos crean los libros. Esa otra vida que vivimos al margen de la nuestra, en la que encontramos nuestros recuerdos, nuestras manías, nuestras limitaciones, lo que querríamos ser a veces. En los libros uno imprime su propio yo y se encuentra a sí mismo como en muy pocos espacios más. Hay verdades que son enteramente nuestras y sólo se nos revelan en los versos de un poema escrito por otro, en el primer renglón de una novela, en el punto final de un texto por el que no apostábamos tanto. Este día nos lo recuerda. Y hoy ellos, los autores, estaban allí, como un anzuelo para el negocio, dicen algunos, como carta de presentación, quiero creer yo. Y ha sido un día estupendo.

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