domingo, 7 de junio de 2015

Nos pitan los oídos

Andaba ayer tarde tan medio muerta psicológicamente de tanto inyectarle rayos catódicos a mi apatía vital que, cuando los treinta y cinco grados de mediodía decidieron convertirse en treinta y cuatro y darnos una tregua, me aventuré a salir de casa en busca de algo de inspiración con la que echar la noche en este rincón. E hice bien porque es cierto como la vida misma que hay cosas que, si no se ven, aunque luego te las cuenten, no saben igual.

No tuve la necesidad de caminar mucho antes de dar con mis huesos en un abarrotado local en el que televisaban la final de la copa de campeones en pantalla completa. Aún no me habían servido mi cafe con churros (una, que desayuna tarde) cuando casi me sorprendió que, jugando un equipo español contra un equipo italiano, los españoles aplaudieran a dos manos al equipo turinés. Algo que empieza a convertirse en tradición y que, si no se es español, no se comprende. Aclararé, para mis miles de lectores extranjeros, que la razón de esta sinrazón patriótica llevada al terreno de juego y allende nuestras fronteras se fundamenta básicamente en que hay cosas que no se entienden, en la politización del fútbol y en la irritante pitada de la semana pasada al himno español en el Camp Nou. Porque un pitido de cuarenta y ocho segundos sobre el natural silencio de un campo de futbol lleno hasta la bandera, por esperado que sea, acaba por superarse dificilmente.

Conste que yo amo y mucho a mi país, aunque a veces no me guste, pero esta liberación de tensiones, esta singular manera de canalizar frustraciones de cualquier índole, tampoco me parece un crimen tan sanguinario como para que tenga que ser tratado por el Comité Antiviolencia. Porque, al margen de cualquier elaborado pensamiento, completamente fuera de mi alcance, al margen de que pueda llegar incluso a considerar que el patriotismo demuestra ser muy poca cosa si se tambalea por una pataleta de menos de un minuto, al margen de que me cueste un poco entender los motivos por los que unos cuantos catalanes y vascos quieren poner en duda todo este tinglado y los motivos por los que el resto de los españoles se permite darse por aludido, también se me ocurren algunas razones por las que pitar el himno nacional.

En primer lugar, porque es feo con avaricia. ¿Cómo es posible que un país que ha contribuido a la historia de la música aportando compositores de la talla de Manuel de Falla, Enrique Granados o Tomás Bretón tenga un himno nacional que es una marcha de granaderos desganados? En segundo lugar, porque, dado que el himno no tiene letra, algo hay que hacer cuando suena. En ocasiones, yo veo otras selecciones del mundo, cuando se alinean antes del partido y oyen el himno de su nación y se llevan la mano al pecho y cantan orgullosos una de esas letras bélicas que daría gusto cantar en lugar de susurrar entre dientes aquello de "Franco, Franco que tiene el culo blanco...", y, qué quieren que les diga, un silbido me resulta menos ofensivo. En tercer lugar, me parece que incluso es de agradecer y no de molestarse que tantos individuos se presten a silbar lo mismo a un tiempo. A mí, particularmente, hace ya días que cien mil tíos no me silban a la vez cuando paseo mis encantos por la calle. Y eso sí que ofende un poco.

Y, por eso, entre otros millardos de cosas, a mí me da igual que la gente pite lo que le venga en gana y anime al equipo que más le convenga por las razones que sean mientras no se arranquen las tripas en el campo ni en el bar de abajo. Aunque reconozco que tampoco está de más del todo que, de vez en cuando, se saquen las cosas de tiesto y tengan que intervenir las autoridades gubernamentales en tomar decisiones como que una pitada a tope de power deba ser evaluada por el Comité Antiviolencia en calidad de urgencia dejando a un lado cualquier otra cuestión de vida o muerte que debieran tratar. Hacen que una olvide lo que venía pensando, lo que venía pasando o lo que queda por venir. Por eso, el deporte es tan sano. Porque no hay como pasar la tarde entre un grupo de desaficionados animando a un equipo extranjero a golpe de cerveza, ofendidísimos porque se ha hecho del deporte nacional una causa política, para restarles hierro a otros asuntos que a algunos suelen parecernos más preocupantes. Como si el deporte, convertido en afición masiva, no viniese politizado ya de base. O igual es que yo no me entero y lo que se jugaba la pasada semana en el Camp Nou era la Copa del Rey de bastos o, cuando Fernando Alonso se sube al podio, suena el himno de España porque lo tienen allí a mano, pero cualquier día pinchan La Macarena y nos alegran la tarde a todos.

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1 comentario:

  1. ¡Qué buena es la abstención de rayos catódicos! Andaba yo la tarde del sábado por tierras de la Comunidad Valenciana, a unos agradabilísimos 26 ó 28 grados centígrados., cuando escuché un rugido generalizado en las calles que sólo podía obedecer a un gol retransmitido con esos rayos. Y dada mi ignorancia premeditada en asuntos relacionados con esas mafias apodadas FIFA, UEFA, LFP o cualquier otro conjunto de siglas contenedoras de esa F, me preguntaba a mí mismo de qué partido se trataría, si ya sólo quedaba la final de la Champions y era el próximo miércoles. Bendita ignorancia. Así sólo me llegan de rebote las crónicas de las incoherencias y las contradicciones que hacen a un equipo inscribirse en una llamada Copa del Rey para luego silbar al susodicho y al himno que representa al país supuestamente representado por él.

    Curiosidades, oiga, como la de ver un partido sólo para esperar la derrota de un equipo ante otro que ni te va ni te viene. Que conste que me parece bien que cada cual silbe o aplauda a cada quién según sus gustos y preferencias, y que eso no tiene que ser tratado por parte de ningún comité antiviolencia. Porque silbar no es un hecho violento, por muy dirigido y orquestado que sea el silbido procedente de sus adoctrinados, obedientes y contradictorios emisores. Lo que me parece impresentable es que se utilice un “deporte” para que miles de millones de euros, dólares o dinares desfilen por los palcos presidenciales de los terrenos de “juego” siendo invisibles a tanto forofo en directo y en diferido, cegados por esos rayos catódicos que son el cáncer de la humanidad.

    Décadas llevo diciendo que los partidos de fútbol se compran y se venden, desde que son carnaza fundamental de forofismos trasladados al comercio y a la política, visto el éxito de su dinámica. Y décadas llevo escuchando que soy un paranoico, ¿cómo se van a comprar los partidos, o las sedes de mundiales y de olimpiadas?, ¡qué imaginación la mía! Y esas mismas décadas llevo respondiendo que no hay más ciego que el que no quiere ver.

    ¿Llegará el día en el que apaguemos los televisores y abramos los ojos? Espero, por el bien de unas generaciones que van a ser víctimas de las minas que les hemos dejado ahí los de la generación anterior, que es la mía. Aunque yo no lo veré, y no será porque cierre los ojos, sino porque no me dará tiempo antes de los cierre definitivamente.

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