martes, 8 de marzo de 2016

Los de Iglesias cuando besan...

Decía Georges Clemenceau que la vida es un espectáculo magnífico, pero tenemos malos asientos y no entendemos lo que estamos presenciando. Pues eso mismo nos sucede con el Congreso, que es algo así como la vida, pero con asientos mejores. Lo que, por otra parte, lo convierte en un escenario perfecto (bastante desaprovechado hasta ahora, por cierto) para ligar y ser ligado. Cuánta razón se le quitó injustamente a Mariano cuando dijo aquello de que "somos sentimientos y tenemos seres humanos". Ahora el Congreso de los Diputados se convierte en un culebrón de mediodía a cualquier hora y nadie se lo explica. Parece que fue la votación para decidir qué hacemos con Pedro Sánchez la que puso a todos en el papel de escenificar sus propios desencantos administrativos, pero la cuestión venía de mucho antes, de cuando el amor cortés probablemente. Y la verdad es que en estas ocasiones de falsa investidura, puestos a elegir entre el discurso farragoso y tecnocrático o la emotividad a lo Miss Universo, yo me quedo con la fiebre sentimental de la democracia para toda la tarde.

Así, Pablo Iglesias, esa actualización mediocre de la estampa del Che Guevara que camina con el brazo en alto como agarrado a la barra de un autobús en marcha, acudió al congreso para acordarse de los muertos del PSOE pero, sobre todo,  para darle un morreo intempestivo a Domènech, aunque con todas las ganas puestas en Pedro Sánchez. Los setecientos ojos del hemiciclo (a dos por escaño) no daban crédito personal, mientras Pedro Sánchez se hacía el duro como si el ensayo de matrimonio gay no fuera mucho con él. Pedro Sánchez se ha propuesto vender cara su flor. Suponemos que interpreta bien la provocación de Iglesias pero no le contesta guardándose sitio para futuras maniobras nupciales. A cambio, recurre al viejo truco del disimulo paseándose con Rivera por los jardines de la investidura con la sola intención de ofenderle a Pablo toda la adolescencia. Sánchez se ha ido con otro, pero no con cualquiera. Albert es ese novio perfecto al que incluso papá Rajoy le dejaría las llaves de la democracia sin ponerle hora de vuelta. A la chita callando, el "mod" de Ciudadanos se ha llevado a Pedro al agua, aunque todos sabemos que las sales de baño se las reserva para Mariano. Del mismo modo que sabemos que Sánchez no va muy en serio con Rivera. Será por eso que, mientras Errejón sigue de morros en la poltrona, Iglesias, el "metalero" de Podemos disfrazado de in extenso, sigue punteándole a Sánchez la guitarra con el empeño de sus inicios y la seguridad que imprime saber que, a pesar de su política de testosterona, lo tiene cogido por los diputados.

A esta representación de la belleza de la vida se debía de referir Iglesias cuando hablaba de dedicar su sueldo y el de los suyos a financiar proyectos de interés social. Porque, otra cosa no, pero el interés lo despiertan todo. Y ¡cómo está siendo la vida sin Gobierno! Esto sí que es un magnífico espectáculo, Georges. Aunque, a mí, por ponerle un pero, me hubiera gustado más asistir a este baile con Rubalcaba, en el lugar de Sánchez, brindándole la rosa socialista a la bancada de Podemos. El cortejo de Iglesias en ese caso no hubiera tenido precio.

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