martes, 31 de diciembre de 2013

Fin de algo

La medida del tiempo es una de las cosas más subjetivas que existe pretendiendo ser una de las más objetivas. Aunque las acotaciones sean necesarias. Parece ser que las personas necesitamos tener la sensación, de vez en cuando, de que algo termina. En cierto sentido, es la manera de hacer balance, porque termina un año o porque llega un momento en que mirar hacia adelante causa más vértigo que recogerse en el pasado. Algo en lo que empieza a convertirse el 2013. Dentro de unas horas, nos levantaremos diciendo: esto se acaba, entendiendo por "esto" absolutamente nada, aunque parezca que hay algo que se deja atrás. Quizá ese infierno que dicen que hemos abandonado cuando la sensación general es que queda todavía mucho purgatorio.

Para Mariano Rajoy, las fases de lo que él entiende por la redención de este país se enmarcan exactamente en ciclos de 365 días. Así, midiendo la crisis de acuerdo al movimiento de traslación terrestre, 2012 fue el año de los ajustes, 2013 ha sido el año de las reformas y 2014 será el año de la recuperación, que, sin lugar a dudas, empezará a tomar forma tan pronto como la Osa Mayor se sitúe sobre el nordeste junto a la estrella Polar. Pero el Gobierno de Mariano tan pronto computa balanceándose al arbitrio de las constelaciones como observándose el ombligo y, en ese caso, un total de 133, convierte al año 2013 en el año del escrache. Si mirasen el ombligo del resto del país, parece más el año de los parados, con seis millones; de los desahuciados, con más de setenta mil; o del hambre, la corrupción y la miseria en cantidades que no se pueden contabilizar. Visto así, el resumen de su media legislatura, más que una cuestión estelar, es sólo cuestión de lo gorda que a cada uno se le haya hecho la borra umbilical. Y, aunque la pelusa del ombligo gubernamental voló casi antes de formarse mientras que la nuestra empieza a hacer metástasis, a cada cual, le importa lo suyo. A ellos, lo que los estorbamos; a nosotros, lo que ellos nos estorban. Sin cambios a la vista.

Por tanto, 2014 podría ser el año de la recuperación o el año en que seguiremos preguntándonos: ¿y a nosotros cuándo nos toca?. El 31 de diciembre de 2013 podría ser el fin de la reforma integral del país o sólo el fin de un año con el que no se acaba nada más que las hojas del calendario. Lo que en ningún caso traerán ni el fin de 2013 ni el año 2014 es el término de este Gobierno que se sienta a comer en la mesa de los mayores y de refilón mira a la mesa de los niños para asegurarse de que no dejamos nada en el plato. Ese Gobierno que nos reparte pan con pan pidiendo que nos imaginemos lo que hay dentro. Ese Gobierno que mira para otro lado cuando son los propios ciudadanos, las asociaciones, el voluntariado el que sirve la mesa que no le toca servir. Ese Gobierno, la tropa de la recuperación, que se hace el distraído sabiendo que lo que no mata engorda y que esta política de austeridad que pretenderá que sigamos comiendo no nos está engordando.

¿Hay motivos para brindar? Díganmelo ustedes.

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jueves, 26 de diciembre de 2013

Montoro, Wert, Gallardón y otras chicas del montón

A los políticos de esta nación, el hecho de que el país se vaya moviendo a bandazos sin sentido con tal de imponer su santa voluntad, francamente, queridos, les importa un bledo. De todas las medidas importantes adoptadas por el actual Gobierno, no quedará ni media (palabrita de Rubalcaba) en cuanto la oposición tome el mando, algo que saben que sucederá con la misma seguridad con que mandaron al país a tomar viento. Que el resumen de la obra del PP en este año que termina sea el anuncio de que nada durará dos primaveras, se mire como se mire, es un pitorreo de patio de colegio. Que todos estos señores tengan el cuajo que hace falta para cobrar la nómina todos los meses de la misma caja y no puedan ponerse de acuerdo ni para dar la misma hora dos a un tiempo es para hundir el Congreso. Para que no pase, este año nos deja en prenda una Ley de Seguridad Ciudadana, abocada a que la carguen en el camión botijo y la manden a cocheras con el cambio de legislatura, una Ley de Educación, que aún no han determinado por dónde metérsela a José Ignacio e, incluso, la nueva Ley del Aborto, que, si no una deposición de última hora, suponemos que ha tratado de ser una bonita forma de descorchar la celebración de la Natividad. Nadie es capaz de explicar esta monomanía del PP con el asunto del aborto. Si hasta el Papa Francisco les estaba diciendo que eso ahora no pedía pan. Pero nada, tomad y comed.

Termina el 2013 y, al PP, se le está formando un barro con semejante tormenta de ideas que ya no están de acuerdo ni consigo mismos. A la delegada del Gobierno en Madrid, lo de la reforma de la ley del aborto ahora no le parece bien o le parece bien pero sólo un poco y, al rato, no entiende que la gente se lleve las manos a la cabeza con el planteamiento cuando esta propuesta del Partido ya venía en el programa. También el mismo programa prometía que no se subirían los impuestos, que no se tocarían las pensiones y que el PP iba a ser un motor de ingeniería alemana en la fabricación de empleo y, de todo aquello, ni flores. Vamos, que el Gobierno se ha esmerado en cumplir exclusivamente con lo que todo el país esperaba que incumpliera. Que ya es tener puntería, Cifuentes.

Para los que nacimos pejigueros y para los que no, al margen de estos desajustes de última hora, es verdad incontestable que no viviremos suficientes años para agradecerle a este Gobierno que, a lo largo de este año que se nos desmaya de viejo, haya conseguido que el salario medio de los españoles sea el más alto de España, que el índice de paro sea el más bajo de España y que hayamos tenido la inestimable oportunidad de disfrutar de esa profesionalidad que se gastan para la que no existe competencia a lo largo y ancho de este país que dirigen. Son datos indiscutibles que atenúan el desaliento. No podemos dejar de aceptar que si, de vez en cuando, nos atinan con un pelotazo policial en el ojo, con un manguerazo en plena cara o con una multa en el buzón por alterar el orden de una manifestación a la que no acudimos es por la estricta necesidad que nos reconocen de pararnos a pensar en el cúmulo de parabienes del que disfrutamos desde que el PP gobierna. Que, como dijo Ana Botella, es su ideología la que ha traído mayor progreso a la historia de la humanidad y, eso, no se paga con sobresueldos.

Al final, igual que hay gente que no desaprovecha ocasión para renegar de lo intachable, habrá gente, digo yo, que esté encantada con este plantel de ministros que dan color a nuestras oscuras existencias. Algún escritor, español incluso, de opinión sarcástica que, con esta caricatura de gobierno que se pinta sola, no necesite estrujarse los sesos para rascar una columna de humor diaria. Con todo o sin nada, que nos quede claro que el 2014 se presenta entero de más de lo mismo. Que no nos pille, como éste, con la paciencia justa porque los caminos del PP son inexcrutables.

martes, 24 de diciembre de 2013

Nochebuena

Un poco de lo mejor que tienen estas fechas son los ataques de nostalgia en las reuniones familiares. El recuerdo de aquellas Navidades de hace setenta años que, a pesar del paso del tiempo, cada día están más cerca. En algún momento, entre el discurso de Su Majestad y la vuelta al cole, mi padre volverá a narrarnos la felicidad que también procura celebrar con mucho menos. Mirando, sin verlo, el centro frutal que adorna el centro de la mesa, regresará a aquellos días en que la Epifanía traía sólo una naranja para compartir al abrigo de un brasero mal dimensionado. Entonces, nevaba mucho más, pero, en algunos rincones, vuelve a hacer exactamente el mismo frío.

Si no fuera porque la tradición avala el fantasma de la Navidad, cabría creer que es una nueva forma de distracción ideada por quienes, esta noche, brindarán con sobresueldos. De esas noches buenas que se les han permitido a unos cuantos, llegamos nosotros a ésta un poco más pobres, un poco más fríos, un poco más nostálgicos, un poco mejores tal vez. Nos sentamos a la mesa sin poder obviar que, abajo, en la calle, se reescriben los cuentos de Dickens con un realismo que no es literario. Por un segundo, nos aferramos a la silla conscientes de que es poco más que casual que conservemos el sitio. Nos sabemos afortunados por seguir prendidos al hilo invisible del que pendemos como las bolas del árbol. Y, aunque hay árbol y sillas y mesa, va resultando difícil reconocer el encanto de esta España a media luz.

Algunos, hoy, tendremos cena y Navidad y mensaje de Navidad. Parece que el último fue ayer, pero será esta noche. Alimentaremos nuestras esperanzas con risas y sonrisas llenas de lo que aún no hemos perdido o de la felicidad impuesta por el consumismo a un paso de extinguirse, mientras nos abrazamos amontonados al borde de un abismo al que esta noche no querremos asomarnos. Quizá esta Navidad no sea mejor que la pasada ni peor que la próxima, pero será la única en esta parada de regreso al futuro en que la miseria deja de sonar a viejo.

Hagan lo que puedan y, si pueden, hagan feliz a alguien.

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lunes, 23 de diciembre de 2013

Una Navidad como la nuestra

¿Cómo se maquilla una mierda para que quede atractiva? El Consejo de Europa, encargado de velar por los derechos de los ciudadanos, ha calificado de altamente problemática la Ley de Seguridad Ciudadana presentada por el Gobierno español. Podemos esperar a que algo similar suceda con la nueva Ley del aborto. Y también esperaremos a que el Gobierno se ocupe sólo de maquillar dos mierdas como dos soles mediterráneos para que en Europa parezcan otra cosa de lo que son.

Porque aquí ya todo vale y, si no vale, el Gobierno se pide un camión botijo estas Navidades para que valga ya y se calle la calle, que no les deja dormir la mona de semejante borrachera de fechorías e incompetencias; y que descansen las cuentas en Suiza y el paripé justiciero para no dar que hablar lo que no se puede decir, aunque, también sea cierto que, para uno que está hasta los huevos y lo expresa abiertamente, noventa y nueve otorgan porque tienen que estar a otra cosa: a lo del hambre o el frío o el paro o la desesperación; y manga ancha para seguir robando sin poner coto, sino ideando leyes por si la bestia despierta con gritos destemplados a deshora; y una Hacienda que trague facturas falsas para que, a la infanta, no se le empolven los zapatos por pisar un juzgado; y una ristra de banqueros puestos en fila con el fin de extender bien la usura de haber ganado un 80% más gracias a la inyección del dinero que nos extraen sin reponer a través de crédito ninguno porque en grifo cerrado no entran moscas cojoneras que obstaculicen los robos y las financiaciones ilegales y la creación de paraisos fiscales para tesoreros; y que fluya la desvergüenza y la mentira calle abajo sin freno y sin justicia, que ya no va a hacerles falta salvo para encerrar a las cuatro conciencias que restan, a las cuatro bocas que aún se abren para ofender y no por hambre. Y, en silencio, seguir robando y viviendo de lo nuestro.

De lo nuestro. Señores diputados, concejales, alcaldes, ministros, presidentes autonómicos y señor presidente del Gobierno, que día a día sientan esos reales traseros con los que dirigen nuestro país sobre nuestras vidas para depositar en ellas su mejor obra, quiero desearles, en estas fechas, la Navidad que sólo ustedes merecen. Una Navidad para todos como la nuestra. Y mucha, mucha Navidad de la de los que no comen, de la de los que no duermen, de la de los que ya no se calientan, de la de los que no viven. Desde aquí, quiero hacerles llegar todo aquello que ustedes construyen para nosotros. Todo lo que nos legan. Todo lo que nos endosan a diario. En este rincón de cuarenta y siete millones de almas que no conocen, ni ganas, les envuelvo los deseos que me inspiran tanto en estos días tan entrañables como el resto de los días del año, la esperanza de que el año próximo sea tan próspero para ustedes como para cada uno de nosotros, los mismos propósitos que ustedes nos tengan preparados para los meses venideros, el aguinaldo que España carga desde primeros de enero, los regalos que no pedimos, los que no hemos abierto aún y una mierda entera y sin aderezos como la mal llamada Ley de Seguridad Ciudadana, como la malparida Ley del Aborto o, simple y llanamente, como el sombrero de un picador.

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domingo, 22 de diciembre de 2013

La ilusión

Hubo un tiempo, a principios de los ochenta, en que yo también quise ser niño de San Ildefonso y llenar de esperanza los hogares españoles cantando lo que me saliera de las bolas. Mi madre, rezando por no frustrar la que podría ser la ilusión de mi vida, me explicó que, en aquellos años, tendría que haber nacido en Madrid, varón y huérfano. Tuve que entender que nunca me tocaría ser niño de San Ildefonso porque, al nacer, no había dado ni una. Al otro lado del bombo televisado, la sensación de no haber acertado ni un número era también la misma año tras año. La explicación en casa era que había gente que lo necesitaba más y que, a nosotros, no nos faltaba de nada. Por tanto, tampoco nos tocaría nunca la lotería. Crecí con la sensación de que, para participar de estos premios en alguna medida, como repartidor o como beneficiario, había que carecer de padres o de algo. Forzando mucho las ganas de seguir justificando la compra de algún décimo cada mes de diciembre, sólo quedaba ya el frágil argumento de la ilusión. La ilusión viene a ser ese estado de gracia y cosquilleo descontrolado que se experimenta momentos antes de precipitarse del "A ver si hay suerte" al "Que no nos falte salud". Hay gente que dice que, de eso, también se puede vivir. A mí, visto a través del optimismo que me caracteriza desde que tengo uso de razón, lo que me parece es una forma bastante masoquista de ir a darse de bruces contra el muro de la realidad.

Pero, al ser humano, le gusta alimentar las ilusiones propias y ajenas. Desde niños, atiborran nuestra ya de por sí suficientemente nutrida imaginación con fantasías ideales como la del ratoncito Pérez, los Reyes Magos o Papa Noel (que, con lo nacional, teníamos poco) para hacernos despertar un día de todos estos sueños con una buena guantada de autenticidad. Dicen que una colisión a 120 km/h equivale a subir a la torre de Pisa y dejarse caer contra el suelo sin miramientos, como podrían decir que equivale al sopapo recibido en el momento en que  que tus padres decidieron desvelarte la magia de la Navidad. Yo creo que algunos de los que hemos sido niños hubiéramos preferido evitárnoslo.

Después de esto, necesitamos seguir construyendo una vida de ilusiones que nos ayuden a levantarnos de la caída elevándonos nuevamente hacia un cielo de imposibles desde el que volver a caer para alzarnos una vez más. Existimos en la ilusión de que la vida nos sea favorable, de que el amor no descanse, de que la amistad no se pierda, de que la salud no nos falte, de que nuestro equipo gane la liga, de que nos concedan las Olimpiadas, de que la fiesta no pare. Pero la vida no siempre viene de cara y el amor se acaba y la amistad se olvida y la salud nos falla y nuestro equipo no es nuestro y las Olimpiadas, de otros y las luces siempre, siempre se apagan.

A veces, una se pregunta por el sentido de elegir esta existencia cuya radiografía es la de un electrocardiograma. Por qué no nos sirve trazar una vida en línea recta sin perseguir cumbres que no se sostienen. Por qué nunca basta con lo que viene de frente. Perseguimos quimeras avaladas tan sólo por un desmedido golpe de suerte. Rezamos para aprobar un examen sin haber estudiado, soñamos con que nos toque la lotería sin haber jugado, fantaseamos con recibir la llamada que no nos atrevemos a hacer, caminamos idealizando una senda de fortuna gratuita, votamos al PP esperando que el país se arregle, aguardamos a que la corrupción se evapore por caprichos de la física, imaginamos que de fuera vendrán y de la crisis nos sacarán, anhelamos una nación de primer orden construida por arte de magia, subsistimos a base de juegos, de concursos, de competiciones, de luchas... Precisamos una vida perlada de ilusiones que, a menudo, derivan en pozos de decepción. ¿Por qué?

Tratando de construir una razón acorde con estas fechas, podría decir que ha sido es y será porque, a pesar de los golpes, existe siempre un momento de éxtasis, a un segundo de ganar o perder, con un galón de aire atrapado en los pulmones, sintiendo la sangre a todo gas por nuestras venas, la adrenalina a borbotones río arriba, con la mirada fija en nuestro objetivo, los pies a un metro del suelo, el alma rompiendo la cáscara; en que el corazón late como tememos que no lo vuelva a hacer y, entonces, sabemos que, por ese instante, merece todo la pena.

Que no nos falte de nada.

¡¡Feliz Navidad!!

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sábado, 21 de diciembre de 2013

Abortemos este Gobierno

Los Gobiernos deberían saber que las leyes restrictivas no impiden que se obre según una convicción, sólo consiguen aumentar los riesgos de actuar igual. Los Gobiernos deberían tener en cuenta que no se puede imponer la forma de pensar de unos pocos a todo un país. Los Gobiernos deberían sopesar el riesgo de no dejar que un país siga decidiendo absolutamente nada por sí mismo. Los Gobiernos deberían tener claro que su labor no es imponer un código moral, el suyo, a todos los ciudadanos. Este Gobierno debería ver de lejos que hay muchos campos que labrar en este país venido a menos antes de hacer lo que quiera que estén haciendo.

Cuesta ponerse a opinar sobre un tema tan peliagudo como es esta nueva ley del aborto promovida por el ministro Gallardón y que lo único que tiene de nueva es que se aprueba hoy. Alberto Ruiz Gallardón decide restringir el derecho al aborto porque "la vida no es una concesión graciosa", como pueda serlo la concesión del Ministerio de Justicia, por ejemplo. Apunta, para los más iletrados, que además la vida "es un derecho inalienable que no se ve reducido por razón de discapacidad", como inalienable es el derecho a ser titular de determinados Ministerios de este Gobierno por muy incapacitado que se esté. Al margen de que las comparaciones, al señor Gallardón, puedan parecerle odiosas, resulta paradójico que un Gobierno que lo primero que ha hecho es eliminar las ayudas a los discapacitados obligue a las familias a tener niños impedidos para dejarlas abandonadas a sus posibilidades de ofrecerles una vida digna. Yo no sé si un feto con una malformación congénita desea nacer, lo que sí sé es que hacen falta algo más de mil euros mensuales para proteger esa vida y hacerla lo más digna posible. Y me parece una vergüenza, señores del PP, que sea el propio Gobierno el que lo priva de esa dignidad obligándolo a nacer en un país con una ley de dependencia derogada por este mismo Gobierno.

Así pues, señores meapilas del Congreso, ministros de ceja espesa, fascistas de justa sesera, acepten si pueden una sugerencia dictada desde el poco sentido común que me visita un viernes sin otro. Deroguen ustedes el derecho al aborto si el llanto de esos niños no nacidos les roba el sueño más que el de los ciudadanos que ya viven en este país, pero protejan a esas madres del sacrificio, el dolor y el sufrimiento con que esos niños marcarán el resto de sus vidas, adjudicándoles el dinero que ustedes se ocupan de robar legal o impunemente a diario. Permitan que esas madres maltratadas y esos niños malformados puedan, al menos, vivir en la paz y la libertad que un país con una mejor disposición para acogerlos les brindaría. Hagan ustedes posible que esas madres no tengan que valorar si siguen adelante o no con esa vida por falta de medios. Porque son ustedes quienes están abortando la vida, no sólo de esos niños, sino también de sus madres y sus padres. Yo, señores del des-Gobierno, amo la vida a muerte, pero no apruebo esta muerte en vida a la que nos están abocando con sus imposiciones, prohibiciones, derogaciones y recortes imposibles.

Nota para no olvidar: Anoche, me cené, de una sentada, las memorias de Lola Herrera, esa dama del teatro a la que mi madre lleva años adorando por su "elegancia", entendida como la excepcional cualidad del saber estar. Sus recuerdos, contados desde una serenidad difícil de mantener cuando se es la protagonista de esa vida que narra, la retratan una vez más. Lola Herrera es una mujer hecha a sí misma en un mundo en el que todo estaba en su contra. Su voz es la voz templada y dulce de una mujer que confiesa haber tenido que parecer valiente por estricta necesidad. Una mujer que dejó de estudiar temprano por empezar a trabajar y a luchar en una España en la que no se podía ser mujer. Una mujer que entiende, porque lo ha sentido, lo que le ha costado a su generación llegar a ser lo que hasta ayer podíamos ser. Échenle un vistazo. Por lo que no se debería olvidar.

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lunes, 16 de diciembre de 2013

A Japón, pasando por Madrid

Últimamente, España huele que tira para atrás (o para adelante, según de dónde se observe). Cualquiera que asome el morro de los Pirineos para abajo sale por piernas con una cara de asco que mosquea. Luego, están estos políticos nuestros (no digo como causa del asqueo guiri, aunque a veces nos ayuden a sospecharlo) que, antes que buscar una solución digna para la situación del país, prefieren apostársela a lo que se tercie. Ya intentaron jugársela a las olimpiadas y, en vista del resultado, ahora rezaban, con toda la disposición en pompa, para ganarle la partida a la crisis en la ruleta rusa de Eurovegas. No dejamos pasar ocasión de hacer el ridículo por todo lo alto.

Casualidades de la vida en ruta, un día, el magnate Sheldon Adelson se inclinó sobre los secarrales de Alcorcón y anunció que, en esos áridos pedrolos, él iba a plantar un imperio. Como lo de los imperios por estos lares ni lo olemos desde el XVII, Mariano abrió las cuencas con tal amplitud que, si no se los sujetan las gafas, se le quedan los ojos colganderos. Pero, cuando creíamos tener todo listo para descargar las mesas de juego, los chulos y las churris, el multimillonario se arrancó con que faltaba cerrar un pequeño detalle: crear un marco legal hecho a la medida de su chiringuito y al margen de la legislación del país. Después de reírse un buen rato de nosotros, se destapó con este capricho de última hora como si no se hubiera acordado hasta entonces de que lo que le apetecía en realidad era un lugar en el que poder fumarse hasta la obligación de tributar sin competencia ninguna. De buenas a primeras, el proyecto de Eurovegas pasó de ser el sueño de un imperio a ser un castillo en el aire con menos de un soplo. Mariano no sabía qué cara poner (ya las ha puesto todas). Otra vez, había prometido por encima de sus posibilidades y las nuestras. La tormenta de millones de euros que estaba a un relámpago de llover sobre Alcorcón volvía a convertirse en otro jarro de agua fría y pasmosa realidad. Esta España acostumbrada al trinque, al juego y a la corrupción sin disimulo le acabó parecido poca al señor Adelson. A pesar de lo que nos hemos esforzado en ofrecer el mejor perfil lúdico-festivo, al final, resulta que continuamos hechos sólo para jugarnos el hambre en una mesa de tasca a una carta de mus, al tute o al teto. Y así fue como este nuevo Cid Campeador se encerró en su limusina y, al grito de "¡ya no juego más contigo, Mariano!", partió en busca de pastos más verdes.

Sin explorar alternativas que requieran un mínimo de esfuerzo político, un atisbo de lucidez mental, una pequeña muestra de merecerse el sueldo que cobran pero no se ganan, de camino a la ruina, nos han convertido a España, además, en una parada para bajarse a mear. En el cenicero en que esta suerte de cuatreros decide apagar el puro mientras apura el inexcusable café con leche in Plaza Mayor. En el patio al que vienen a imponerse y que abandonan frunciendo el morro para irse a jugar de verdad a los jardines orientales. Nadie sabe a ciencia cierta si es porque los japoneses caen más simpáticos o porque tienen una economía mucho más saneada que la nuestra amén de un cambio legislativo en marcha más acorde a los anhelos de Adelson. Mariano apuesta por que sea lo primero.


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viernes, 13 de diciembre de 2013

Independencia, sí pero no.

Artur Mas lleva semejante borrachera con lo de la independencia que, cuando se ha puesto a consultar, la pregunta le ha salido doble. "¿Quiere usted que Cataluña sea un estado? Y, si es así, ¿independiente?" Alguien, con un poquito más de sobriedad, ha debido de sugerirle al paladín del tipo test, que definiera lo que es un estado, a lo que Artur ha contestado resolutivo: "¡Pónganlo en mayúsculas!". Parece ser que, a un catalán, la cuestión en mayúsculas se le despeja como una X, sin embargo, a mí, que no lo soy, se me acentúa la cara de pasmo. Más o menos de la misma manera en que lo haría si, cuando voy a casa de mi madre, me preguntara: "Hija mía, ¿te apetece un bocadillo? Y, si es así, ¿con pan?". "Y, si no es así, ¿cómo es?, ¿con mortadela sólo?" "No, mujer, un bocadillo con mayúsculas". Llámenme alarmista, pero yo, a mi madre, me la llevaría a urgencias.

A Artur Mas, madre del independentismo, se le ha puesto a parir con tanta insistencia que, al final, ha alumbrado un engendro engañoso y ridículo. Un sí pero no. Un poner a la Historia (con mayúsculas) a mover sus silenciosos engranajes hacia la degradación. Eso que estudiarán, si les dejan, las generaciones venideras y que empieza a abundar en animaladas de todo pelo y plumaje para regocijo de quien tenga el placer de transcribirlo, a mí, un puntito de vergüenza ya me da, aunque no sea yo quien se preste a salir en la foto. ¿Qué dirán quienes tengan la obligación de recordarnos?: "Los españoles del siglo XXI, ¿eran tontos? Y, si es así, ¿de capirote?"

Como contraprestación, el hecho de que CIU, ERC y el independentismo en estado puro estén hoy de champanada creyéndose que han alcanzado un acuerdo, me da una risa que me lo cura todo. Como diría mi amigo Recio, "tengo el besugo fresquísimo". La(s) pregunta(s) formuladas para una consulta que no lleva visos de tener lugar, sólo podrían dar como resultado un soberano NO a la independencia. Pero los independentistas están tan convencidos de llevar razón que pierden siempre y ni se enteran. En el fondo, España, les hace el favor de su vida no permitiendo que Cataluña responda, porque la prohibición les otorga un victimismo triunfalista envuelto de una falsa razón que la realidad les quitaría. No se gana queriendo tener razón, sino defendiendo la postura con la contundencia que no lleva esta diarrea de última hora. 

En cualquier caso, y sin resolver lo irresoluble, que ningún español se lleve a sustos innecesarios porque Mariano ha asegurado que esa consulta no se va a celebrar y, si por algo se conoce a Mariano, es por decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Elegía a Nelson Mandela. Por Mariano Rajoy.

Cuando no se sabe qué decir, el fútbol viene a ser un tema de lo más socorrido. Eso lo sabe cualquiera que haya asistido a una cena de empresa o a un funeral de estado. El fútbol es además la lengua vehicular en las relaciones internacionales. Conmovido hasta el tuétano en ocasión del último adiós a Mandela, sin palabras y rodeado de guiris por los cuatro costados del esmoquin, Mariano sólo pudo apuntar que, sobre todas las cosas, era "un momento muy bonito y emocionante" porque ése era el estadio en el que España ganó el Mundial, como si el estadio fuera nuestro y el entierro de Mandela lo patrocinara la Roja.

Desde que le comunicaran la noticia del lamentable deceso, Mariano no ha podido evitar convertirse, por delante de Mandela, en el protagonista principal del acaecimiento. Incluso escribió un emotivo panegírico cuya única conexión con el Nobel de la Paz era el negro que lo abanicaba mientras sudaba tinta. Mariano, haciendo gala de esa sensibilidad que caracteriza a los que sólo saben posicionarse del lado de los buenos una vez que ha acabado el partido, se esforzó hasta el punto de subrayar el comportamiento ejemplar de su amigo Nelson cuando éste se pudría en el trullo por razones que ahora resultan encomiables. Nuestro presidente es ese invitado que consigue recordarnos que no hay celebración más ridícula que la de la muerte. Que no hay como estirar la pata para perder la identidad.

Ayer, todos los líderes políticos y Mariano se batieron en duelo por apadrinar a Mandela. Agradeciéndole el tránsito, le perdonaron todos sus pecadillos capitales de los setenta travistiéndolo de terrorista a héroe de la libertad en un visto y no visto. El propio Mariano se metió tanto en escena que, si le dejan, hasta se lo trae, y, conociéndolo, no se puede descartar que esté mirándole ya lo de los papeles por si, al final, se llega a demostrar que las concertinas son nocivas para la salud.

Mandela, extinguiéndose, ha logrado reencarnarse en un souvenir político, en un trofeo digno de adoración pero no tanto como para considerarlo de hecho un ejemplo a seguir. Ha sido un momento de aplauso, una lágrima provocada por el frío, una excusa para ensayar la mentira, una ocasión de estar por estar y regresar aceleradamente a otra cosa. En vista de los titulares de hoy, casi se puede afirmar que, si Mariano no hubiera sido invitado al responso, Mandela hubiera pasado a mejor vida sin pena ni gloria. La ventaja de que Nelson ya no estuviera es que así se puede decir cualquier cosa.

Nota de voluntad: El día que yo me muera, que me peguen fuego sin contemplaciones y, en este caso sí, que alguien se traiga a Mariano y nos echamos unas risas.

martes, 10 de diciembre de 2013

La razón de la sinrazón

Me cuesta pensar, escuchando las comparecencias de nuestros políticos, que no exista un fin último que justifique tanta mentira. Empiezo a intuir que, mientras los españoles nos reímos a mandíbula batiente del sainete que representan, nos estemos perdiendo, por no haber previsto un par de ojos bien abiertos en el cogote, el guiño disimulado de Rajoy, el juego de manos de sus ministros, la voltereta lateral de la oposición, la puñalada trapera que entre todos preparan clavarnos directamente en mitad de la chepa. Hay cosas que no nos cuentan o que nos cuentan poco.
 
Lo que en el mes de noviembre era un soberano desastre en opinión de Mariano Rajoy: la educación, la sanidad, el sistema de pensiones..., llegado el día de la Constitución, lo teníamos arreglado para irnos todos de cotillón, aunque la presidencia nos lo comunicara con mirada de caracol desnortado, como aquel al que no le ajustan bien las lentillas por debajo de las gafas, o porque tuvo que leer al margen derecho de la cámara lo que no hay un dios que se crea o porque no es capaz de decirlo mirándonos a los ojos ni siquiera a través del plasma. Al final, en una semana, según Mariano, se han solucionado los grandes males del país. No había para tanto. 
 
Gracias a que la privatización está siendo la madre de todos los partos. Y, en este sentido, no hay servicio que el gobierno no se esté ocupando de alumbrar y exponer como un bien común insuperable. Resulta un poco sospechosillo que, una vez privatizadas, las empresas que antes formaban parte de lo público se acuerden tanto y tan bien de aquel que les cambió el apellido. José María Aznar, como presidente del Gobierno, entre otras cosas, se ocupó de privatizar Endesa y, aunque nadie sabe muy bien lo que hace más allá de cobrar una suculenta nómina a fin de mes, hoy en día forma parte de la plantilla de la empresa. Anteriormente, Felipe González ya había privatizado Gas Natural para después ostentar, junto al de expresidente del Gobierno, el título de consejero de Gas Natural Fenosa entre un montón de bonsáis. Uno tras otro se han ido preocupando durante su paso por la Moncloa de hacerse la cama en la que más tarde se acostarían a descansar. Porque, también hay que decirlo, tienen que acabar molidos.
 
Para esta legislatura, tocaba empezar a darles un sitio a los servicios estatales en este camarote de la privatización. Y es de suponer que nuestros tributos lleven camino de dejar de destinarse al pago del bienestar. Llegará el día en que Mariano sea nombrado jefe de cirugía cardiovascular en la Seguridad Social de Todos los Santos o que el ministro Wert se encargue de rubricar la cartilla de las notas al concluir la ESO. Será el mismo día en que nos digan que lo nuestro no se paga con lo nuestro, y aceptemos que los impuestos no sirven para procurarnos derechos básicos sino para pagar la vida de otros, y que con lo que nos reste de lo que también es nuestro tengamos que pensar por fuerza en procurarnos un plan de pensiones y un seguro privado y una educación de hijo de ministro para que ellos puedan comer dos platos: de primero, impuestos; de segundo, los flecos de nuestra nómina. Porque, en tiempos de recesión, es la única forma de que sigan viviendo como merecen: que el cazo les alcance para recoger lo público y rebañar lo privado.

martes, 3 de diciembre de 2013

Huir

En medio de esta curva del país mal peraltada, existen rutinas que nos amarran al tiempo con la seguridad de lo que comprendemos. Cada día con menos fuerza. Un despertador que suena a las seis de la mañana para trabajar de lo que sea por un sueldo de media mierda travestido en un sueldo de mierda con pedigrí. El recibo pagado del banco "bueno" en formato digital. Un plato de sopa caliente cuando es el frío el que nos sujeta a los días. La vecina de abajo con el carro medio lleno como único puente para atravesar el mes. Un programa tonto a última hora que nos aleje de la realidad sin despegarnos de la vida. De esa vida de malformaciones que estamos obligados a vivir desde que el Gobierno interpretó ciertos derechos como privilegios.
 
Apuro el plato de sopa de la cena como el que mira la vida creyendo que arrastra en el fondo calorías mejores. Pero no me distrae. Hasta la cocina llega el eco de las palabras del presidente del Congreso el día en que abre sus puertas al pueblo: "los ciudadanos influyen en los diputados y eso no puede ser". Una vez más, bajo la mochila de traiciones que cargan, nos hacen partícipes de cuánto nos desprecian y cuál es la desmayada idea de democracia que los mueve. Pienso que, en cierto sentido, la política es eso: obligarnos a casi todos desde la dudosa verdad de unos pocos. Porque las cosas no son como las definimos sino como se definen por sí mismas.
 
Sin querer, me veo envuelta de nuevo por ese soniquete que no cesa en ningún canal. Ese empeño en tapar con ruido las palabras. Ese crimen de acabar la frase sin decir nada. Ese asesinato de la retórica, de la dialéctica, de la diplomacia bien entendida. Lo mismo son las euforias sibilantes de Rajoy que el tiroriro de Rubalcaba, mientras flotan, ante nuestros ojos, como los peces muertos, porque es su forma de caer.

Busco una vía higiénica de huir, entre la sopa y esta página, y olvidar ese no sé qué que se queda flotando en el aire como si no hubiera ya un espacio propio que ocupar. Sentir ese desapego que es como una punta de desgana por todo lo que nos rodea sin dejarse esquivar. Enajenarse por un instante de este aparato indecente de la actualidad, del escándalo sordo de la prensa, del griterío atronador de las antenas, del noble oficio  de la palabra convertido en un burdo salir del mal paso sin tener ni puñetera idea.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Se prohíbe ser español

Cuando el Gobierno aprueba el anteproyecto de la Ley de Seguridad Ciudadana, yo me pregunto si no tiene nada mejor que hacer. A mí, echando un rápido vistazo al país, se me ocurren unas cuantas cosas, pero también se me ocurren algunas otras que, de escribirlas hoy, podrían costarme treinta mil euros. Treinta mil euros es el precio que hay que pagar por ofender a España. "Ofensa es lo que es ofensivo", aclara el ministro Fernández con cara de ilustrísimo miembro de la RAE. Resumiendo mucho el devenir de esta nueva conquista del PP: nos dejan la nación hecha unos zorros y luego nos prohíben manifestarlo, culpabilizándonos una vez más de su inconfundible savoir faire.

No hay español inocente de la sinrazón de su Gobierno. Y, si hasta ahora, las penas se han ido imponiendo por categorías, con esta nueva ley, ya hay castigo para todos. Primero fueron los funcionarios, por cafeteros y acomodados. Luego, los parados por no aceptar empleos de media hora a trescientos kilómetros de casa. Después tocaron con su magia a los trabajadores, cobradores de sueldos por encima del umbral de la pobreza. Seguidamente, se acordaron de los pensionistas que, antes del copago farmacéutico, iban medio puestos de pastis para la tensión. Los enfermos de larga duración, que salían más caros que un traje de Camps. Los médicos, los educadores, los jueces, los barrenderos... Faltaban los librepensadores. Ahora sí, ya nos han puesto a todos en nuestro sitio.

Mi abuela solía decir: "A mí, no me gusta criticar, pero vaya culo tiene ésa". A mí, tampoco me gusta criticar, pero vaya culo nos están dejando. El Gobierno del PP se ha creído que España es suya y se permite gobernar y legislar contra los ciudadanos. Ofender a España es ofender al PP y estas cosas no pueden salir gratis. Pero es que gratis ya no sale ni ser español de toda la vida. Joaquín Bartrina, poeta y dramaturgo vinculado al realismo y condenado más pronto que tarde al olvido, escribió:  “oyendo hablar a un hombre,/ fácil es acertar donde vio la luz del sol;/ si os alaba a Inglaterra, será inglés;/ si os habla mal de Prusia, es un francés/ y, si habla mal de España, es español”. Esa autocrítica que, en nuestro caso, es una necesidad genética de primer orden ya no nos pertenece. El PP adoctrina, en este tortuoso camino hacia el progreso, echando por tierra la filosofía de las más grandes mentes pensantes y la esencia del ciudadano medio de este país. Nos empuja a progresar de tal manera que los españoles llevamos camino de dejar de serlo. Ser español, cuando esta nueva ley pise la calle, se va a convertir en un acto heroico, inconsciente o al alcance de unos pocos. Manifestarse español estará prohibido. Por nuestra propia seguridad.

Mientras mi abuela, hace un siglo, hablaba de culos, Machado, entre otros, hablaba de España como ya no podría hacerlo. Ni Machado, ni Cervantes, ni Quevedo, ni lo mejor de lo que hemos tenido en materia literaria (que es lo mejor que hemos tenido)... Pero Machado no hubiera sido nunca Machado de haber nacido hoy, en esta otra España de charanga y pandereta. La España de Rajoy. La de los que nos humillan, nos vapulean y nos acallan. La España que ya no es nuestra. Ésta de la que aún sería acertado decir que "de diez cabezas, nueve embisten y una piensa", aunque escribirlo le costara hoy a Machado treinta mil euros.

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