martes, 30 de diciembre de 2014

El año que fue

Una vez más, vamos cerrando un año de esos que nunca se nos irá del todo. Por lo que trajo de nuevo. Por lo que nos conservó. Por tantas cosas como se llevó que tampoco nos hacían ninguna falta. Por lo que nos obligará a echar siempre de menos. Por lo que nos regaló y no fue capaz de arrebatarnos. Por lo que supimos agradecerle y lo que no le agradecimos lo suficiente. Por lo que nos concedió de lo que pedimos y por lo que no. Por lo que, con tiempo, supo hacer mejor que nosotros mismos. Y, una vez más, por los pequeños detalles que lo coronaron y nos hicieron sentir felices durante tantos instantes.

La primera imagen de ese niño que nos tocó el alma y nos acercó la certeza de que también podemos ser infinitamente buenos. Su primera carcajada. Su primera caricia. Un reencuentro frente a un café tras seis años de ausencia y una merienda de orgullo. Despedir ese momento en el que temimos no tener nada que decirnos y que nos dejó el tintero a una sola palabra de rebosar. Aquel fin de semana que parecía que nunca iba a llegar y llegó. La playa después de un año. Una mirada al océano con ese punto de inmensidad en la retina y la arrolladora sensación de que todo es posible. Tener una semana y dejar simplemente que el tiempo pase durante siete días como si de aprovechar el tiempo no fuera siempre la vida.  La primera vez que vimos Intocable. La segunda vez que vimos Intocable. Reconocer que lo bueno, si breve, se queda corto y ponerle solución. Times Square a las seis de la mañana. El descubrimiento de un texto que querríamos haber sido capaces de escribir y que nos hizo reir y llorar a un tiempo. Decir y escuchar "Te quiero" a la vez. Amanecer juntos. Anochecer juntos. La soledad a veces. Esa conversación a oscuras que nos iluminó el camino. Después, mirar hacia atrás y saber que lo peor ha pasado. Mirar hacia adelante con seguridad. La esperanza infinita de que lo mejor aún está por llegar incluso cuando la emoción resulta irreprimible.  Una cena de navidad en julio porque nadie es quién para decirnos cuándo es Navidad. Reconciliarse puntualmente con los antiguos placeres sin entender por qué los llegamos a abandonar. Y perderse en el sinsentido de lo que sabe a viejo porque nos rejuvenece. Comer patatas asadas frente al fuego como cuando eso era todo. Viajar en cercanías. Comprar una postal en vacaciones y enviarla. Volver a leer un buen libro. En papel. Olvidar el móvil durante todo un día y sobrevivir. Y vivir, no para acabar con el hambre en el mundo, pero para hacer felices por un día a los que comieron con nosotros. La satisfacción de reír y haber conseguido que rían. O la de arrancarle una sonrisa a alguien para quien sonreír constituye algo extraordinario. El humor inagotable de este país al borde del agotamiento. Miles de personas ocupando la calle con un deseo en común y tomar conciencia de lo iguales que podemos ser con lo distintos que somos. Saborear esos privilegios sin garantía con los que nacimos y que para muchos son una meta por alcanzar. Sentirse bien de tanto en tanto. Sentirse vivo alguna vez. Saberse un afortunado casi siempre. Disfrutar de la oportunidad que nunca dejará de ser despertar cada día y soñar cada noche. Contar, en fin, con trescientas sesenta y cinco ocasiones cuajadas de momentos únicos que tampoco nos merecimos tanto, y desear, además, seguir siendo cuantos somos cada uno de enero.

Por lo que, de todo esto, nos traerá también el 2015, pero, sobre todo, porque nos lo hayamos ganado un poco más y mejor, ¡brindemos!


                                             


FELIZ AÑO NUEVO

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domingo, 14 de diciembre de 2014

La crisis es historia

Doscientos sesenta y cuatro cargos cobran más que Mariano Rajoy y, a mí, no se me ocurre qué puede ser más caro que presidir un país como éste. Sin embargo, una se levanta una mañana de diciembre, a un suspiro de la Navidad entrante, y escucha a su presidente proclamar que la crisis en España es historia del pasado y aún le da para valorar que hay días en que Mariano Rajoy cobra demasiado.

"La crisis en España es historia del pasado" y cinco millones de parados se miran como si acabase de entrar un elefante rosa en el Congreso. Y los padres de los tres millones de niños que viven bajo el umbral de la pobreza se preguntan si todos vivimos en el mismo país. Y el conjunto del país vuelve a sentirse excesivamente poco representado por el gobierno que lo representa. El mismo país que ha perdido la cuarta parte de su poder adquisitivo, la mitad de los derechos alcanzados y en el que la brecha que separa a los ricos de los pobres se abre como un profundo abismo, sin parangón en toda Europa, bajo sus pies piensa que lo de Mariano Rajoy tiene que ser un chiste sin ninguna gracia.

Sentirse en manos de un gobierno que tiene el valor de afirmar que el mayor problema de malnutrición infantil en este país es la obesidad asusta y mucho. Escuchar cada una de sus declaraciones invita por todo lo alto a quedarse sordo de una buena vez. Verlos representar cada uno de sus sainetes semanales no divierte aunque se esfuercen. Y vivir a merced de unos dirigentes que dirigen sin mirar da ganas de bajarse en marcha. Exasperan una barbaridad. Y exasperan, fundamentalmente, porque es imposible entender que no lo entiendan. Que no alcancen a darse cuenta de que sostener que todo ha pasado es negar la desesperación de una horda de trabajadores sin trabajo, es negar el dolor de miles de enfermos esperando un tratamiento, es obviar las necesidades de los dependientes sin ayudas, de los desahuciados, de los niños sin comedor... Es confirmar, otra vez, que les importa poco. Tan poco como que pueden felicitarse a sí mismos por haberlo solucionado todo tanto y tan bien. Por haber conseguido, contra todo pronóstico, que la crisis en España sea "historia del pasado".

La crisis en España podrá ser historia del pasado, pero, cuando cinco millones de personas no entienden lo que dices, es posible que no te estés explicando, Mariano. Cuando cuarenta millones de personas no están de acuerdo contigo, es posible que no tengas razón en lo que dices. Cuando todo evidencia lo contrario, quizá estés mintiendo como un cosaco. Cuando el país se sigue desmoronando mientras tú construyes castillos en el aire, posiblemente sea hora de asumir que no tienes ni repajolera idea de lo que estás haciendo. Y, si tres millones de niños te miran con ojos de hambre, cállate, por dios, cállate esa sarta de sandeces.

Pero, efectivamente, y por lamentable que nos resulte a casi todos, la crisis en España es historia. Una historia para no contar porque se nos acercan las elecciones. Una historia que poco tiene que ver con el cuento de Navidad que se escucha en el congreso. Es más una historia de Charles Dickens venida a menos. Un musical sin adaptar de la obra de Víctor Hugo. Una historia del pasado, sí, una historia de ese pasado que hemos recuperado a fuerza de recortes. Una historia en blanco y negro que todavía, pero sólo a veces, nos conduce a situaciones desesperadas. Mientras el gobierno de Mariano lo consigue cada viernes.

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jueves, 4 de diciembre de 2014

Los más listos de la clase

Uno de los peores errores que se pueden cometer es creerse uno más listo de lo que es y, en cualquier caso, creerse siempre más listo que cualquier otro. Y, no es que yo desee pasarme de lista, pero me parece que esta costumbre de tomarnos por tontos a todos suponiendo que se cuenta con una inteligencia preclara se está extendiendo por el mundillo de la política y aledaños a la velocidad de la luz que les falta. Quizá el hecho de haber llegado hasta donde están sea el que les empuje a convencerse de que deben de ser más que el resto sin que la casualidad ni la ceguera generalizada funcionen como eximentes. Y puede que el añadido de que traguemos siempre con todo sin atragantarnos ayude a sobrealimentar este convencimiento hasta límites insospechados. Puede ser. Pero, a mí, como pueblo, se me empieza a indigestar un poco el papel que me toca en este reparto de inteligencias fingidas.

Una puede ir llevando eso de pasar por tonta más o menos dignamente durante un tiempo prudencial y hacer como que los listos son siempre otros, incluso ellos, para ver si con el subidón de autoestima van poniéndose a solucionar algo sin que nos enteremos. Pero una misma deja de llevarlo con la misma entereza si, una vez que los tenemos convencidos de que los listos son ellos, este pensamiento sólo los conduce a considerar que no fue bastante con apoyar la integridad de Camps, la rectitud de Bárcenas, la decencia de Carlos Fabra o la inocencia de Granados, entre otras muchas cualidades que han venido salpicando al partido, como para no jugársela también por Monago a la hora de la verdad (una hora menos en Canarias). Y sea esta misma idea la que lleva a Ana Mato a tomar la decisión de dimitir de su ministerio argumentando que su nombre vinculado al de la Gürtel podría perjudicar al susodicho ministerio, pero dando por hecho que no perjudica en absoluto al parlamento, cuyo asiento no pretende abandonar. O cuando esta misma fe en sus virtudes intelectuales y en el defecto de las nuestras sirve para iluminar los adorables intentos de Soraya por aparentar que es posible gozar de un gobierno de manzanas buenas sacadas del cesto podrido del PP, en un momento en el que, lejos de sus propias filas, pocos se atreven ya a poner la mano en el mimbre.

Hace cosa de un año, la OCDE ponía de manifiesto que los españoles, en cuestión de números, andamos más flojos que de tripas. Un dato agregado que asiste a nuestro gobierno al estimar que los españoles hayamos podido no caer en la cuenta de que el 75% de los ministros de Aznar está, a día de hoy, imputado por alguna nadería, habiendo cobrado en diferido o, directamente, durmiendo entre rejas y hormigón sin merecerlo. Pues así parece ser. Y también parece que esta costumbre tan fea de ponerse a airear los trapos sucios de nuestros políticos sólo sirve para molestar a la gente de bien mientras el obrero de siempre se sirve de su posición en la fila del INAEM para quejarse sin hacer nada a cambio de cobrar un subsidio. Tan es así que, cada vez con más frecuencia, tienen que andar nuestros ilustres mandatarios inventando votaciones independentistas de pega y otros despistes para acallar a las malas lenguas y seguir manteniéndonos en la más fascinante inopia.

No obstante, existe un peligro derivado de creer que uno está dotado de una inteligencia superlativa, y es que resulta tentador caer en el riesgo de abandonar por completo el sentido del ridículo. De tal modo que, cuando lo de la corrupción empieza a ser una contrariedad incluso para los integrantes del gobierno, pongo por caso, se acabe determinando que, para corregir el escándalo, lo suyo sea sacar a Esperanza Aguirre a plantear un examen de honradez en el que el interrogante estrella ponga al candidato en el brete de tener que reconocer que llega a la política a robar lo que no es suyo. Un poco en plan aerolínea trasatlántica tratando de pillar al pasajero en un renuncio al preguntarle si viaja a EEUU para matar al presidente con la esperanza de que la verdad se imponga. "Pues mire, sí, tengo que reconocerlo; matar puedo, pero mentir, no."

Paradójicamente, de toda esta partida de listillos, es el jefe el que menos ínfulas se gasta. Ese Mariano tan de andar por casa, que, entre pasarse de listo o hacerse pasar por tonto, decide pasar de todo. Volviendo a los tercios catalanes, últimamente, dicen mucho los de la izquierda y algunos de la derecha que Mariano Rajoy, con eso de la consulta independentista de imitación, no ha estado a la altura, que no le ha prestado la atención que se esperaba, que no se explica, que ha sido más presidente del Gobierno que político, que no ha comparecido lo bastante, que se le ha ido de copas el asunto. Ganas de hablar por no callar. Justo lo que Mariano no tiene. Yo creo que ha llegado un punto en que, a Rajoy, como se deja, es que ya se le critica por deporte. Y, aunque, a mí, el deporte, así entendido, me arrebate las horas muertas, considero que todo tiene un límite menos la materia infinita y el fraude en este país. Mariano, fiel a su estilo, hizo poco más o menos lo que la mayoría esperaba; despejar la cuestión aclarándonos, con la ayuda de algún estadista de probada pericia, que si un tercio de los catalanes acudió a votar, hubo exactamente dos tercios que no lo hicieron, y, unos días más tarde, personarse en Barcelona para hablar exclusivamente con los suyos, como si el teléfono fuera uno de esos ingenios aún por descubrir y él el único que no se ha enterado de que hay viajes sin sentido que están dando mucho que hablar.

Entretanto, las altas instancias todavía deben de andar preguntándose si Artur Mas cometió alguna ilegalidad por desobedecer al Tribunal Supremo y gastarse ocho millones del erario público en poner en marcha una consulta inconstitucional que tenía prohibida por ley. Porque no está claro. Parece ser que puede no ser ilegal si eres el presidente de la Generalidad de los catalanes y tienes muchas ganas de independizarte, como tampoco lo es circular a 250 km/h por una autopista española si tienes mucha prisa. O si este mes, que es Navidad, cualquiera de nosotros va al banco a sacar dinero y, en lugar de sacar veinte euros con tarjeta, saca veinte mil a punta de cuchillo jamonero. ¿Constituye delito? "Yo diría que no, señoría, porque es que este mes yo tengo muchos gastos." Seguramente el magistrado comprobará el calendario y dictará: "Tiene usted razón, hizo bien, me hago cargo. Pero, para subir la cuesta de enero, ya que se pone, saque usted cuarenta mil de un golpe y no sea tonto." Pues, con el debido respeto, señorías, va siendo hora de que llegue el día en que no nos tengan que decir que no seamos lo que no somos.

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